Noche sin noche
Hay alguien que berrea en la calle, sobre un escenario. Sus animosos compañeros se esmeran en hacer el mayor ruido posible. Son más de las 11 de la noche y a algún concejal que otro me gustaría encontrármelo cara a cara, aunque me tuviera que subir a una escalera para mirarle a los ojos. Debemos ser el municipio con más fiestas por metro cuadrado de la esfera terrestre. Aquí, en el lugar donde hay barrios dentro de los barrios, cada uno de ellos proclama su diferencia otorgando patentes de corso fiesteras a mansalva. ¡¡¡Como la moñoño, a reventar!!! Lo peor es que los maromos que tienen la moral de llamarse grupo son peores que un regreso de Ramoncín. Y eso es mucho decir.
Día extraño. Decisiones en las que no tenemos nada que decir aunque nos atañen; discusiones en las que decimos demasiado aunque la resolución del tema en cuestión quede lejos en el tiempo; salidas fugaces e intempestivas para volver a casa con la sensación de no haber hecho lo que se debía... Y al final, de morros. Todos menos la gata y yo escribiendo por primera vez en dos meses algo de lo que igual me arrepienta por la mañana. Otra noche sin noche.
No es que no pueda dormir por el ruido esforzándose por convertirse en melodía, es que de todas maneras no duermo. Ni con el brebaje druida de mil hierbas que compré a un tipo vestido de monje medieval, ese que me deja grogui por el día pero no impide que me despierte a las 4 ó las 6 de la madrugada. Y me lo tengo que tomar durante 40 días. Igual acabo por fumármelo, echando los hierbajos en el papel de fumar como hace M. A. sentada en la terraza de un bar granadino mientras hablamos del marciano Morente y los abuelos de Crazy Horse. Probablemente así haga más efecto.
Quizás es el volver a la normalidad, sobre todo cuando ésta es completamente anormal, como el cerebro que roba Igor, perdón, Aigor, en "El jovencito Frankenstein". Rutinas que no tienen sentido ni llevan a ninguna parte, cuyos senderos son tan retorcidos que nunca te sacarán del mismo lugar del camino.
La gata ha venido a ver qué coño hago a oscuras en el cuarto, mientras la niña ve por enésima vez una película en la televisión. Y yo la miro y digo "escribir, pequeña, lo que debería hacer todos los días". Ella no entiende de estas cosas. O igual sí. Entiende bastante más de lo que aparenta, la sultana, que se pasa todo el día tumbada esperando que la acaricies el ombligo. Menudo morro tiene.
Ojos como platos, enrojecidos. Otra noche sin noche. Como el blog, con sus habitantes desperdigados sin poder mirar a las estrellas porque la tormenta lo ha nublado todo y lo que antes era brillo ahora es oscuridad. Los habitantes de la ciudad andan sonámbulos esperando a que alguien los despierte. Luego no reconocerán donde se encuentran porque las luces de neón están apagadas, pero es un primer paso. Os echo mucho de menos, me echo de menos a mi mismo. La noche languidece, también es noche sin ser noche.
Y yo divago, que no es lo mismo que pulular, que me gustaba más, porque divagar se parece mucho a vaguear y no se puede tener el cerebro en barbecho eternamente. Habrá que subir a la mesa del Doctor Frankenstein, perdón, Fronkonstin, a que nos de una descarga y que se nos iluminen las entendederas. Así se iluminarán también las estrellas de la ciudad, que seguirá aquí por mucho tiempo. Un abrazo, yo voy a intentar algo que quiero hacer desde hace un rato. Voy a ver si puedo volver a convertir la noche en noche.




rj dijo
ya sabes, hay que colocar el tabaco despacito y sin presión, y liarlo sin prisa para que se quede uno dormido en el intento. También ayuda eso de tomarse una caña en granada con la solana de las 3 y cuarto...
y ahora a dormir, que si hay que conquistar manhattan se conquistará, pero será mañana.
abrazos para los tres, niño.
22 Septiembre 2007 | 12:07 AM