Cuento de Navidad de el Comepalabras (feliz cumpleaños, E.)
El Comepalabras empezó a actuar de improviso. Hasta aquel verano ninguna persona había oido hablar de él, ni tenía constancia de que semejante criatura pudiera existir. Nadie lo vio, nadie lo sintió a su lado. Era como un fantasma, pero sin sábana blanca ni bola encadenada al pie. Su gran ventaja era la invisibilidad. Ningún sentido humano, ni sexto ni séptimo podía predecirlo o localizarlo. Lo único que todo el mundo estaba en disposición de asegurar era que existía. Al principio su acción se limitó a unas pocas palabras, sencillas frases hechas y expresiones populares. Por lo que los afectados se limitaban a achacar su falta de elocuencia a algún lapsus o mal momento. De todos modos, cada hijo de vecino ha tenido días en los que no ha encontrado qué decir.
Así, la gente no se alarmó. El calor sofocante de las fechas proporcionaba una explicación sensata y creíble: esta temperatura reblandece el cerebro y licúa las palabras. Sin embargo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, el Comepalabras continuó con su régimen de alimentación. Puede que en un principio severo; después de un tiempo, glotón. Y es que el Comepalabras no seguía ningún rigor alfabético o sintáctico, zampaba lo que encontraba por su camino, sin distinción de longitud ni sonoridad. Aquello empezaba a gustarle de verdad y tenía todo el tiempo del mundo. El planeta era amplio, repleto de diferentes lenguas, fuentes de alimento infinito. Su plan de descansar algún día de la semana fue sustituido por un apetito voraz. Cuantas más palabras comía, más quería. Vivía en el aire que respiraban las palabras, luego su menú le ofrecía millones de posibilidades.
Las personas se dieron cuenta entonces de que no era algo pasajero o casual. Gurús, brujos, videntes, adivinadores, chamanes y diversa jungla con supuestos poderes y soluciones intentaron buscar mil y una explicaciones plausibles, creyendo que aquella situación podría beneficiarles. Pero se encontraron sin nada que decir. Los más resueltos conferenciantes comenzaron a ver convertidas en realidad sus peores pesadillas delante de audiencias estupefactas que ni siquiera podían ejercer su derecho a la exclamación sorprendida o malhumorada ya que el Comepalabras era un zampaonomatopeyas. Los políticos perdieron su capacidad de insultar y de declarar guerras absurdas a enemigos ficticios. Los charlatanes, actores, profesores, vendedores, etc., se quedaron en sus casas, paralizados por el temor de haber perdido su herramienta de trabajo más preciada.
En las oficinas de los periódicos no daban a basto, tratando de informar de la mayor catástrofe de nuestra era, pero también ellos enmudecieron. Alguno de los abrevaderos favoritos de el Comepalabras eran las redacciones de los noticiarios televisivos y los informativos radiofónicos, así como las librerías y bibliotecas. Porque el Comepalabras empezó a familiarizarse con vocablos tales como "avaricia", "ambición" o"gula", de forma que paseó sus fauces por los templos de la letra impresa. No le bastaban los sonidos, más atractivos en un principio ya que eran como la perdiz para el zorro, pretendía engullir todo el saber acumulado por siglos de utilización del lenguaje en todos los continentes.
En un tiempo record, ya cayendo las primeras lluvias del otoño, la Tierra se convirtió en un páramo léxico. El Comepalabras tuvo que admitir que sus platos no eran inacabables, se lo había comido todo. No temía, sin embargo, por su salud. Era consciente de que administrando las calorías podría vivir muchos años y, quien sabe, incluso esa raza de curiosos seres que le habían proporcionado tan suculento manjar con la mayor facilidad que uno pudiera imaginar podía ser capaz algún día de volver a crear palabras tan sabrosas como las que ahora reposaban en su aparato digestivo.
El otoño se acercaba a su fin y nuestro insaciable protagonista buscó rápidamente un cubículo acogedor para pasar el invierno. Como si de un oso se tratase, el Comepalabras pretendía hibernar hasta mediados de la primavera y ya se ocuparía entonces de encontrar algún que otro pasatiempo. En medio de fríos valles halló acomodo en un coqueto agujero donde el cansancio pronto atrapó al sueño y el Comepalabras se convirtió en el Tienepesadillas.
Y es que jamás pudo imaginar que algo tan exquisito, una tarea a la que se había dedicado con tanto entusiasmo y que le había proporcionado a su paladar millones de sensaciones placenteras pudiera tener una digestión tan complicada. ¿Se habría excedido al comérselo todo y no haber dejado algunas palabras sueltas para otras épocas? ¿Estaría padeciendo un empacho? El Comepalabras, agraciado con el don de poder mirar dentro de sí mismo, comprobó que algunos de sus más preciados manjares se le habían incrustado en el hígado. Vio como "odio", "rencor", "egoísmo", "asesinato" y otras compañeras habían unido sus fuerzas para crearle una úlcera de proporciones bíblicas.
En cualquier caso no estaba dispuesto a deshacerse de ninguna de ellas. ¡¡Eran suyas, todas!! No se iba a permitir el lujo, tras todo el trabajo realizado, de dejarlas marchar. Pensó que quizá un paseo al aire libre pudiera sentarle bien a su maltrecho estómago. Se incorporó, atravesó el estrecho pasillo de su lugar de reposo y se trasladó lo más rápido que pudo hasta la ciudad más cercana. Y lo que vió le alivió lo suficiente como para olvidar por un buen rato el dolor de su indigestión.
Los hombres y mujeres que componían la raza humana parecían a la deriva. Poblaban las calles con aspecto de desorientación total. Al parecer no habían perdido solo la capacidad de hablar, también la de expresarse de cualquier manera. Sin las palabras, olvidaron los conceptos que estas representaban, por lo que todos los intentos que hacían por comunicarse mediante signos caían en saco roto. Muchos vivían en las esquinas, no recordaban lo que significa el término "hogar". Sus rostros eran un poema de la desesperación. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los del viento y los que producían los animales. Sin dueños ni cuidadores que les dijeran "cállate", los ladridos, maullidos, rugidos, aullidos, gruñidos, mugidos, etc. se adueñaron del espacio.
El Comepalabras lo encontró tan sumamente divertido que se arrepintió de no haber salido a pasear antes. "Qué criaturas más patéticas" pensó, "sin el lenguaje no son nada". Pero su felicidad no era absoluta, dependiendo de la mueca que hiciera al reír, el dolor se intensificaba. Se hacía insoportable por momentos por lo que tomó la decisión de volver a su cueva. El trayecto de vuelta se le hizo demasiado largo, no podía soportar semejante tortura. Allí, no fue capaz de conciliar el sueño. Pero no era solo el dolor lo que le impedía descansar, su mente fue invadida por un ruido de fondo tan molesto como el dolor de su estómago. Miró dentro de su cerebro y encontró las siguientes palabras: "remordimiento" y "conciencia". ¿Qué demonios era aquello? ¿Qué querían decir? Para él no tenía ningún sentido que dos postres se hubieran saltado el protocolo y cualquier regla básica del funcionamiento intestinal y hubiesen acabado alojándose en su cabeza.
Se propuso poner las cosas en orden y puso en práctica todas sus habilidades para restaurar la lógica. Se convulsionó en millones de posturas imposibles, girando sobre sí mismo, volviéndose del revés, cambiándose partes de sitio... Lo intentó todo pero esas dos palabras continuaron instaladas plácidamente en el mismo lugar. Fatigado, una extraña sensación de que lo que había hecho había sido tan perjudicial para él como para los humanos se extendió por todo su cuerpo. ¿Cómo era eso posible? ¡El era el Comepalabras, sin ellas se moriría! No podían sentarle mal. Su organismo fue debilitándose poco a poco, llegando a un estado lamentable. Fue rumiando poco a poco una solución, sin estar seguro de si ésta funcionaría, pero no podía quedarse sentado esperando una agonía segura.
Sacando fuerzas de flaqueza volvió a los lugares poblados por las personas a las que había arrebatado todo, comenzando a regalar una palabra a cada hombre o mujer con el que se topaba. Pasaba a su lado, rozándolos imperceptiblemente y cada vez que tocaba a alguien, éste sentía como se le iluminaba la memoria y exclamaba "¡saltimbanqui!", o "¡caleidoscópico!", o "¡escaleras!", o "¡prestidigitador!", o "¡albaricoque!", o "¡pulular!", o "¡canasta!", o "¡querer!". Todos recibían su premio y se veían reconectados a una realidad que ya no les era tan ajena. Se recordaban a sí mismos en otra época, sus familias, sus amigos, sus casas. La excitación se apoderó de las calles, las gentes empezaron a reunirse en bares, soportales o tiendas de ultramarinos, cualquier lugar era bueno. Cada uno de ellos decía la palabra con la que había sido agraciado, intercambiándola con las de los demás, intentando formar frases con sentido.
Los primeros intentos resultaron algo frustrantes, a pesar de la falta de práctica nadie encontró sentido a "La rancio escaleras a derecha trasladó ascensor esquina con elucubración distraida en el bigote". Pero el esfuerzo de todos era tan sincero como solo puede serlo el de alguien que se da cuenta del valor de lo que ha perdido y tenido la suerte de recuperar. Los hombres se abrazaban a las mujeres, los reconocimientos iban en aumento y los animales cambiaron su alegre semblante por uno más serio que parecía querer decir "se acabó lo que se daba". El Comepalabras se sentía mejor, con el dolor disminuyendo a la vez que aumentaba el cansancio. Consideró que a pesar de todo, no debía parar, tenía que deshacerse de todas las palabras. Visitó de nuevo todos los rincones del mundo, desde aldeas inhóspitas a urbes con millones de habitantes.
Perdió dos tercios de su peso y toda la fortaleza adquirida meses antes. No le reconfortaba comprobar que el ser humano, desde el regreso de las palabras trataba a estas mucho mejor que antes. Todos se cuidaban de expresarse correctamente, de aprender cosas nuevas cada día, de saber más acerca del origen de las frases que ahora inundaban sus bocas. Al Comepalabras eso le daba igual, estaba preocupado porque el remedio podía ser peor que la enfermedad. Extenuado, un día, cerca de cumplirse un año desde el comienzo de su desfase culinario, se paró cerca de la ventana abierta de una casa. Le apetecía buscar refugio y convencido de su invisibilidad, penetró en la habitación. Era de noche y se cobijó en la zona más oscura del cuarto, procurando descansar, cuando una voz infantil aseguró: "Yo se quién eres, ven, puedes sentarte junto a mí, aquí en la cama".
Al Comepalabras se le congeló el gesto, cincelando la expresión de sorpresa que aparecería en cualquier diccionario si a la sorpresa se le asignase una imagen. ¡¡El no podía ser visto por NADIE!! Vio a una niña incorporada, agarrada a una almohada. "Sí, no me mires así, yo puedo verte tan bien como tú a mí". El Comepalabras estaba demasiado cansado para discernir si soñaba o sus sentidos no le mentían. Así que acudió al lado de la niña y empezó una pregunta que no pudo terminar: "¿Cómo...?". La niña dijo: "Lo supe desde el principio, he hablado de ti muchas veces pero aparte de hablar la gente olvidó escuchar".
El Comepalabras preguntó por su nombre. "Me llamo E.", dijo la niña. "¿Sólo E.?" espetó intrigado. "Sí, aún no has soltado mi nombre". "Vaya, pues tengo muchos que empiezan por esa letra, podrías elegir el que más te gustase". La elección del nombre les llevó gran parte de la noche, la niña no quería deshacerse de tan extraordinaria compañía. Acabó ingeniando un plan para que el Comepalabras la visitara periódicamente, convenciéndole de que ella le proporcionaría todo el alimento que necesitase, sin que el tuviera que robar las palabras a otras personas. La niña cogió una página en blanco y un lápiz y preguntó qué le apetecía desayunar. El Comepalabras contestó que le gustaban las palabras que empezaban por E, por eso estaban siendo las últimas en volver a su lugar original entre las personas. La niña escribió "eufemismo", se la enseñó y el Comepalabras asintió con la cabeza. La niña recortó el pedazo de papel y se lo introdujo en la boca a su invitado, que deglutió saboreando cada pequeña partícula.
A partir de ese momento la niña se convirtió en el chef particular de su nuevo amigo, que devolvió todo lo robado y acudió a su cita culinaria con puntualidad inglesa. La niña creció, se convirtió en muchacha y después en mujer. Contó a todo el que la quiso escuchar la historia del Comepalabras, pero había pasado tanto tiempo que la particular memoria de los humanos, con su desidia habitual, lo olvidó todo y nadie la prestó atención. Solo una persona la creyó. Persona que consideró oportuno escribir la extraordinaria historia por si algún día, alguien cree oportuno concederla credibilidad. Errar es humano, volver a hacerlo a sabiendas, una y otra vez, parece patrimonio exclusivo de nuestra condición. E. continúa alimentando al Comepalabras a día de hoy, pero si alguna vez os encontráis con la mente en blanco, o comprobáis que a vuestros libros les ha desaparecido alguna letra, pensad en el Comepalabras, no andará lejos.


E. dijo
uffff me he quedado sin palabras!!!!
Es preciosíiiiiisimo, me ha encantado.
Mil besos :*****
27 Diciembre 2006 | 08:39 PM