Megalibrerías de m.....
Me gustan los libros. No es que me los coma servidos en un plato de porcelana, regados con un poquito de chianti. Pero yo veo en ellos algo más que el contenido. Es posible que sea algo fetichista, sin embargo me gusta su tacto, el pasar las hojas a través de los dedos; incluso me gusta el olor de las páginas. En ocasiones soy tan tiquismiquis que a la hora de decidirme por la compra de alguno me fijo hasta en el tipo de letra y la claridad de su lectura. No lo puedo evitar, soy un raro. Igual un demente.
De todos los bienes o productos de consumo cultural el libro es el más insustituible. Al menos en mi opinión. Los discos han mutado hasta convertirse en diminutas piezas de nuevos formatos tecnológicos que uno puede almacenar en aparatos de última generación. El cine se empaqueta en envoltorios cada vez más pequeños, cuando no se descarga de la red. Pero el libro aún no ha encontrado su némesis. Se inventaron los audio-libros, con vozarrones enfatizando líneas que solo tienen sentido cuando las lee uno mismo. La emoción y descubrimiento de la lectura es personal. Después llegaron los libros "electrónicos", descargados por internet. Su handicap es que uno no se puede meter el pc en el bolsillo e ir disfrutando de las aventuras de "Los 3 mosqueteros" mientras sufre el calvario del transporte público.
También están las fotocopias, a las que todos hemos recurrido en nuestra época estudiantil, con la incomodidad que supone encuadernar y leer algo a tamaño folio. En definitiva, aún no se ha inventado una reencarnación suficientemente viable como para que las grandes editoriales se lancen de cabeza a renovar sus catálogos en un nuevo formato. Espero que el libro perdure por siempre, impasible a las modas y al "progreso" (que alguien me explique qué significa eso hoy en día).
Como ya habréis imaginado si habéis aguantado hasta este párrafo, uno de los lugares donde me encuentro más a gusto es una librería. Es como el paraíso del chocolate para el goloso. Soy Hansel perdido en un universo de palabras impresas, ediciones de todos los tamaños y colores. Los sentidos se me disparan. Me paso horas recorriendo pasillos, ya sean amplios o estrechos, impere el orden o el desorden se haya aliado con el polvo. Es El Dorado. La fuente de la eterna sabiduría. A pesar de ello, procuro espaciar mis visitas, ya que la mayoría de ellas terminan pasando por caja y ante eso la economía se rebela. Aunque se trate de un librito de 6 ó 7 euros, el bolsillo lo nota.
El bolsillo es uno de los protagonistas de excepción de esta particular historia de amor. No solo por la distribución monetaria (10 euros en uno, 5 en otro, si compro algo al menos me quedará dinero en uno de ellos y cuando llegas a casa y compruebas que tienes algo suelto en el bolsillo y no estás en blanco...), también por ser una de las paradas obligatorias de muchas lecturas. Lo cierto es que las ediciones de bolsillo no son santo de mi devoción. La mayoría de ellas son bastante cutres y demasiado endebles para el trote al que las someto. Pero la portabilidad y comodidad de la lectura es un dato a tener en cuenta. Hay libros cuyo tamaño hace que solo puedan ser leidos en casa. Lo cual sería menos problema si su precio fuera más asequible o si mi casa fuera un palacio con una biblioteca de 100 metros cuadrados. No quiero que los libros, discos etc se me coman el aire.
De todos modos de un tiempo a esta parte noto una extraña tendencia en las librerías. Simplemente desaparecen. Del mismo modo que los macrocentros comerciales situados en las periferias han dañado brutalmente al pequeño comercio, las megalibrerías han empezado a sustituir a las de toda la vida. Aquellas a las que acudías cuando ibas al colegio o al instituto cuando te mandaban leer algún libro en concreto. Aquellas cuyos propietarios se desvivían por pedir un caprichillo que se te había antojado porque no lo tenían en stock en ese momento. Casi todas han desaparecido.
Ahora imperios como La Casa del Libro, Top Books, Tintas, etc campan a sus anchas en lonjas más espaciosas que la casa del príncipe, con los ejemplares abarrotando estanterías modernísimas. Acudes a una de ellas y te atienden señoritas vestidas con un chiste de uniforme propio de una hamburguesería. Tu vas allí convencido de que entre tanto despilfarro de árboles se hallará lo que buscas. La sorpresa es que por norma general, aquello que se salga de los cánones de las últimas novedades o de los best-sellers lo van a tener que pedir. Lo cual parece que les molesta. No se qué pasa últimamente en este pais, los trabajos de servicio de atención al cliente parecen todos adjudicados a misántropos/as a los que no les hace ni puta gracia mover el culo. El tiempo de espera suele ser de 20 días. Joder, si aquel tipo de mi barrio tardaba de 1 a 2 semanas como mucho. Claro que aquel tipo no esperaba a pedirlo a la editorial. En ocasiones iba él mismo a los almacenes a buscarlo. Una persona haciéndose cargo ella sola del negocio. Y perdía el culo por atender a la gente. Claro que el negocio era suyo. Cerró.
Es la tendencia. Los lugares recónditos pero agradables han dejado su sitio a masas de cemento de varios pisos, visibles a cientos de metros de distancia que abruman con su publicidad y sus insuperables ofertas. Ahora lo puedes encontrar todo en el mismo espacio. Libros en una planta, discos en otra, películas un poco más arriba y para rizar el rizo, en otra tendrás todo lo relacionado con la tecnología: cámaras de fotos, televisores, reproductores varios. Piensas que es imposible que les falte algo, que ese título que buscas con ahínco no ocupe su lugar correspondiente en el maná del consumo. Mejor no apuestes, podrías perder.
Cerca de donde vivo aún quedan algunas librerías clásicas a las que les va bien, donde los que atienden son capaces de ofrecerte una conversación sobre la prosa de Murakami. Pero por muchos juramentos que hagas de que no volverás por una de esas megatiendas siempre caes. Es inevitable pasar por allí. Por cercanía o comodidad. Yo he hecho un voto, de abstinencia. Menos macrolibrerías y más bibliotecas, que la cuenta corriente también me lo agradecerá. Y aunque cueste un poco más de esfuerzo, acudir siempre a lugares donde uno se sienta cómodo de verdad. Cuando hablé con una amiga de la posibilidad de escribir este post me dijo: "Deberías titularlo megalibrerías de mierda". No andaba desencaminada, pero al no ser el tema central del artículo si no una parte más del mismo, me he permitido suavizar un poco su propuesta. Solo un poco... Un saludo para todos.



polidori dijo
Joder, pues ya lo digo yo: MEGALIBRERÍAS DE MIERDA, RECOJOTIENDAS DE DISCOS DE MIERDA, HIPERALMACENES DE MIERDA.
Es el signo de los tiempos, y lo has descrito maravillosamente. Aún nos quedan algunos pequeños comercios, cochambrosas tiendas de segunda mano y otros escuetos rincones en los que sorprenderte con aquello que suponía "comprar cultura" antaño. Yo sigo yendo en Madrid a los decomisos, Metralletas y viejas librerías de toda la vida muy de vez en cuando, para recordarlo, pero a veces también me verás cayendo en Casas del Libro, Fnac y Media Markt por eso, por comodidad y porque no te puedes aislar, o al menos no tanto como quisieras.
Al menos pensemos en que abrir un libro y leerlo, un libro que no sea un puto best seller, sino algo escogido y buscado, oler sus páginas, acariciar sus cubiertas y manipularlo como los brazos del / la amante, seguirá siendo por mucho tiempo (espero que todo el que nos queda de vida) un acto terrorista. De terrorismo en contra de la mediocridad.
Un fuerte abrazo
21 Noviembre 2006 | 01:42 PM