La Coctelera

20 Septiembre 2006

Ojitos mezquinos y una nariz como un pimiento

"Uno noventa, grandes pies, ojitos mezquinos y una nariz como un pimiento."

Así describía Hildy Johnson a Walter Burns, su editor y director del "Examiner", el periódico más chafardero de Chicago, después de que éste intentara convencer a la prometida de Hildy de que el hombre con el que iba a casarse era un maníaco exhibicionista. Hildy tenía el rostro de Jack Lemmon y al señor Burns le prestaba sus inconfundibles facciones Walter Matthau. Si uno se pone a pensar en parejas que hayan marcado la historia del cine, entre las clásicas compuestas por galán y belleza se cuela ésta: el neurótico, obsesivo compulsivo, hipocondríaco e insufrible Lemmon y el mezquino, calculador, sin escrúpulos pero cachondo Matthau.

"Lárgate del negocio del espectáculo es el mejor consejo que podrían darme, porque soy tan testarudo que si alguien me lo dijera permanecería en él hasta el mismísimo final."

Afortunados nosotros. Si es que alguien se lo dijo alguna vez al bueno de Matthau, porque con él nunca se sabe. Una de sus mayores aficiones era inventarse historias, embellecer los datos de su biografía, para comprobar hasta donde podía llegar la credulidad de la gente con sus disparates. Cuando se registró en la Seguridad Social comprobó que el único requisito que debía cumplir era escribir su nombre, sin necesidad de ofrecer una prueba de su verdadera identidad. Matthau se rebautizó como Walter Foghorn Matthau.

A lo largo de su vida no dejó de actuar, ya fuese dentro o fuera del plató. Encontraba un enorme placer en fabricar historias de la nada que sus acompañantes siempre estaban dispuestos a escuchar. A Matthau jamás le falló el público. Por eso su biografía estuvo bajo sospecha durante años. Nadie sabía separar el grano de la paja, del mismo modo que nadie supo cuando hablaba en serio o estaba bromeando. Lo suyo era talento natural.

Lo que ya sabemos a ciencia cierta es que nació en Nueva York allá por 1920 como Walter John Matthow, hijo de inmigrantes judíos procedientes de Rusia. Se crió en el Lower East Side ganándose la vida como vendedor de refrescos siendo un crío y haciendo sus primeros pinitos como comediante en un teatro Yiddish por los que cobraba unos 50 centavos por cada aparición. Por aquel entonces decidió modificar su apellido, adoptando el definitivo Matthau, que a su juicio sonaba menos rudo, más elegante. Durante los años de la depresión trabajó como guardia forestal, instructor de gimnasia y como entrenador de boxeo en el cuerpo de policía. Al estallar la II Guerra Mundial, se alistó en Aviación, compartiendo escuadrón con un tal James Stewart. Fue entonces cuando empezó a considerar en serio la interpretación.

De vuelta a casa comenzó a buscarse las habichuelas en el teatro, teniendo su primera gran oportunidad en 1948, cuando tuvo que sustituir al actor que interpretaba el papel de un obispo de ¡¡¡83 años!!! en una obra protagonizada por Rex Harrison. Poco después de eso, Matthau logró introducir sus narices de pimiento en el mundo de la televisión, interpretando pequeños papeles en series, incluida la legendaria "Estudio Uno". Conforme su situación económica se estabiliza, Matthau empieza a desarrollar una afición por el juego que arrastraría toda su vida. En cierta ocasión llegó a estimar sus pérdidas totales en 5 millones de dólares. Apostaba hasta en los partidos de entrenamiento de los equipos de baseball.

Mientras se gastaba los cuartos en las apuestas su carrera seguía su curso, debutando en el cine en 1955 gracias a otro actor, Burt Lancaster, quien le dirigió en un papel de villano en "El hombre de Kentucky". Lo curioso del caso es que repasando la filmografía de Matthau uno comprueba que la mayoría de sus primeros papeles le dibujaban como el malo de la película. Ya fuese en un producto cortado a la medida de Elvis Presley ("King Creole") o en obras de grandes directores como Elia Kazan ("Un rostro en la multitud"), Richard Quine ("Un extraño en mi vida") o Stanley Donen en la magistral "Charada". Su talento innnato para la comedia fue explotado mucho más tarde. Su rostro daba el perfil de personajes ladinos y ambiguos. De los que te saludan con una sonrisa cuando te ven cada mañana y te apuñalan en la espalda cuando no estás mirando.

Ahora puede parecer chocante que comenzara su filmografía de esa manera, pero echando un vistazo a esas obras te das cuenta de lo buen actor que era este hombre no solo a la hora de hacer reír al espectador. Es posible que ese encasillamiento se produjera por poseer uno de esos rostros inclasificables en cualquier categoría. No podía ser el galán ni el héroe, así que dentro del maniqueísmo que caracterizó siempre al buen cine clásico debía encajar en alguna parte. A pesar de que su labor teatral ya había sido reconocida con un Tony, no terminaba de encontrar su sitio en el cine.

" - ¿De qué tienda salía?
- De los ultramarinos Nat en la Avenida Euclides.
- Lástima.
- Si, me duele muuuucho.
- No, digo lástima que no ocurriera un poco más abajo, frente a la Compañía May, de ellos puede cobrarse algo. ¿No podría haberse arrastrado unos pocos metros, hombre?"

El éxito real para Matthau llegó cuando interpretó en los escenarios "La extraña pareja" junto a Art Carney. Su talento empezaba a hacerse demasiado evidente para todos. Walter ya tenía 45 años y bastante bagaje como para que alguien le ofreciera papeles con más peso. Y en esto se cruzó Dios en su camino. Perdón... quise decir Billy Wilder. Acompañado por su actor fetiche, Jack Lemmon, Wilder proporcionó a Matthau uno de esos papeles que solo aparecen una vez en la vida, el del ambicioso abogado Willi "El implacable" Gingrich de "En bandeja de plata". Gingrich es un picapleitos de poca monta, que ve la oportunidad de su vida cuando a su cuñado (Lemmon), un cámara de televisión, lo arrolla en un partido de rugby un mastodonte del equipo local. Aprovechando una lesión de espalda producida en la infancia, Gingrich pretende convencer a su pariente de que finja una parálisis parcial y cobrar un pastón del seguro demandando a la cadena de televisión para la que trabaja, a los propietarios del estadio de rugby y a todo bicho viviente.

"Voy a demandar a la United Fruit Company. Las cáscaras de plátano deberían llevar semáforo, pueden ser peligrosas para la salud."

Semejante regalo lo aprovechó Matthau al máximo, componiendo un personaje ruín, sin escrúpulos y egoísta a la vez que carismático y memorable. Eso a pesar de sufrir un ataque al corazón que retrasó el rodaje y le dejó en los huesos. La delgadez que se aprecia en la película intentaron disimularla envolviéndole siempre que pudieron en un amplio abrigo. Fue el primer aviso. Su afición al juego y al tabaco le empezaban a pasar factura. Sin embargo a partir de ahí se empezó a forjar una gran amistad entre el trío Wilder-Lemmon-Matthau que daría más resultados en el futuro. El talento de Walter fue reconocido por fin obteniendo el Oscar al Mejor Secundario por dicho papel. Para la posteridad su discurso de aceptación. Matthau acudió a la ceremonia con visibles secuelas de un accidente de coche acaecido días antes. Empezó su discurso disculpándose por su aspecto, diciendo que se había caído de la bicicleta, y tuvo un "cariñoso" recuerdo hacia los saludables y ausentes premiados Liz Taylor, Sandy Dennis y Paul Scofield.

"No puedo soportarlo más, Felix, estoy desquiciado. Cada cosa que haces me irrita. Incluso cuando no estás, las cosas que se que harás cuando vuelvas me irritan. Me dejas notitas en la almohada. Te he dicho 200 veces que no me dejes notitas en mi almohada: He salido a por cereales, FU. Tardé 3 horas en adivinar que FU era Felix Ungar."

Tan solo un par de años después Matthau repetiría su papel de Oscar Madison, esta vez en el cine. Para la adaptación a la gran pantalla de "La extraña pareja" contó como compañero de reparto con Jack Lemmon, construyendo en apenas dos películas una de las asociaciones más legendarias de la historia del cine. En la película de Gene Saks perfeccionaron al máximo los perfiles de los que hablaba en el primer párrafo. Dos personalidades contrapuestas que se tienen que aguantar por mucho que les pese a ambos. Ni contigo ni sin tí versión gruñona.

Desde entonces los papeles cómicos le llovieron a nuestro hombre por todas partes: "Guía para el hombre casado", "Flor de cactus", "Hello, Dolly!" o "Pete´n´Tillie". Matthau estaba en la cima y hasta le llamaron para una de esas superproducciones catastrofistas que tanto se llevaron en los 70. Lo cual dio pie a una de las anécdotas más legendarias de las que protagonizó. En 1974, Mark Robson, director de "Terremoto" consultó a Walter la posibilidad de que interpretara el papel principal de la película, a lo que este se negó. Pero la insistencia de Robson hizo que Matthau aceptara un cameo como "el borracho". Tras comprobar en el premontaje que su papel había adquirido más protagonismo del que se le suponía Walter pilló un cabreo monumental. Así que antes de su estreno Matthau se dirigió al encargado de los créditos y le pidió que, por favor, incluyera su verdadero nombre por primera vez en su carrera: Walter Matuschanskayasky. De esta forma Matthau evitó que su nombre artístico estuviera asociado a un producto del que renegaba, amén de iniciar una de tantas especulaciones sobre su origen y su verdadero apellido.

"El "Examiner", guardián y conciencia de Chicago, tras capturar en solitario a Earl Williams, acaba de entregarlo al sheriff..."

Ese mismo año se estrenó su tercera colaboración con Lemmon, "Primera plana". Matthau es un editor capaz de vender a su madre por una buena exclusiva, que intenta por todos los medios que su periodista estrella, Lemmon, no se case y cubra la ejecución de Earl Williams, supuesto asesino de policías. A lo largo de la película su personaje miente como un bellaco, explota a sus empleados, manipula a los representantes de la ley y oculta al condenado huido, todo con la esperanza de obtener la mayor tirada de su historia. Legendario personaje, capaz de convencer a cualquiera de que elimine a su propia familia en favor de la "libertad de expresión" y la "búsqueda de la verdad" en este implacable retrato de la manipulación periodística dirigido otra vez por Billy Wilder.

Su andar desgarbado y su postura ligeramente encorvada fruto de lesiones producidas en combate siguieron paseándose por las pantallas hasta el día de su muerte. Nunca pronunció la palabra retiro o jubilación. "California Suite", "Aquí un amigo" (de nuevo con Wilder y Lemmon), la fallida "Piratas" de Roman Polanski, "El pequeño diablo" con un aún desconocido Roberto Benigni y "JFK" de Oliver Stone todavía nos mostraron el talento de un actor genuino, ya fuese en grandes o en pequeñas dosis. Curiosamente en esa última época de su vida fue cuando más colaboró con su gran amigo Lemmon, como intentando exprimir el fruto de un ingenio que ya había dado su máximo rendimiento pero en contadas ocasiones. Así, llegaron a filmar 6 películas en la década de los 90, incluidas las dos partes de "Dos viejos gruñones".

De sus últimas obras yo me quedo con su recreación de Einstein en "El genio del amor" y su impagable, antológica interpretación del sacrificado vecino de "Daniel el travieso". Inolvidable su sonrisa con enormes dientes de pega. Para mí Matthau pertenece a una raza extinguida de actores, aquellos que trascienden su trabajo convirtiéndose en algo más que profesionales a los que admiras. Son como compañeros de viaje, gente que te ha acompañado toda una vida, desde que empezaste a aficionarte al cine cuando eras crío. Personas a las que nunca conociste ni jamás podrás dar un abrazo, pero a las que sientes más cercanas de lo normal en estos casos, porque su labor va más allá de una muestra de técnica interpretativa. Son arte y el arte es vida, la que transmiten ellos a través de la pantalla. Sus gestos, miradas y frases te acompañarán el resto de tu vida, formando parte de una memoria que no estaría completa sin ellos, como una suerte de agradables y simpáticos parientes lejanos a los que nunca ves pero que jamás olvidas.

Walter Matthow, Matthau o Matuschanskayasky murió el 1 de julio del 2000, de un ataque al corazón. Un corazón recién operado, cuya intervención reveló que el cancer se estaba expandiendo por su organismo. Apenas un año después Lemmon le siguió hasta el cementerio, siendo enterrado a pocos metros. A este fallecimiento siguieron los de Billy Wilder en 2002 y su viuda en 2003. Como si Matthau hubiese sido no solo una parte muy importante de sus vidas, sino el motor o el faro de genio cuya energía y talento innato les otorgara la fuerza para vivir. A mi no me extrañaría nada que fuese verdad. De hecho, el propio Matthau dijo una vez que...

* Para Swibel, al que tanto le gustaban estos perfiles, donde quiera que esté.

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20 Septiembre 2006 | 05:31 PM

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