Tazas de café imposibles
Puedes enamorarte mil veces en el trayecto de camino al trabajo. Quizá de la primera persona con la que te cruces al salir de tu edificio. O de la que espera al otro lado del paso de cebra, cuando treinta segundos son una eternidad para mirarse y conocerse, aunque sea de lejos, con la separación de un río de asfalto y coches pasando a toda velocidad. Quizá sea en el autobús, después de atravesar los arcaicos rodillos (si, existen todavía) que te asignan un número. Y para ese viaje eres el 09564, mientras que ella, que ya ha encontrado sitio al fondo, es el 09563 y ni siquiera lo sabe. Unidos por toda la eternidad (o por quince minutos) por una cifra.
Los ojos pueden cruzarse muchas veces, seguidos del impulso de bajar la vista y averiguar por qué llevamos los zapatos tan sucios precisamente hoy, o los pantalones arrugados. O puede que lo que llevemos arrugado sea el valor para cruzar unas palabras. La vida pasa en el instante entre una parada y la siguiente, cuando se nos acaba el tiempo para tomar una decisión. O peor, cuando aun teniéndola muy clara en la cabeza dejamos que se escurra entre los dedos. Por qué será que todas las buenas, las que nos cambiarían la vida, tienen la textura de un pescado recien sacado del agua. Frío y escurridizo. No es fácil atraparlo, como tampoco lo es cambiar las viejas costumbres, la de estar solo y la de nunca despegar los labios.
Y te preguntas a tí mismo si realmente serviría de algo o como en "El Gatopardo", sería cambiarlo todo... para que todo siguiese igual. Parece mentira pero uno puede añorar lo que no tiene ni ha tenido jamás. ¿Qué se echará más de menos, una compañía imaginada o una que ya hayamos disfrutado, sólo una vez, y hayamos perdido? Todo eso pasa por mi cabeza mientras me agarro en precario equilibrio a las barras del bus. Delicias turcas del transporte público. Ni siquiera puedes dejar por escrito estas reflexiones, porque el traqueteo haría que luego fuesen necesarias unas clases de paleografía para averiguar qué demonios querías decir.
En fin, que ese rostro, como tantos otros, pasará a convertirse en la enésima "taza de café imposible". La que nunca se toma. No habrá esa puesta al día de nuestras vidas tras el brebaje negro y humeante, una infusión que parece creada a propósito para abrirnos mucho los ojos y no perdernos ni un detalle del otro. ¿Ha existido un momento así alguna vez, en la vida de cualquiera? Quizá sea sólo lo que yo desearía. El encontronazo romántico. Los libros cayéndose en la biblioteca. Un globo escapando en el parque, carreras tras él, lanzando al aire las hojas ocres amontonadas en el suelo. Alguien sentado solitario en un portal mientras volvemos a casa una noche más, todavía con ganas de hablar. Una paradoja, predestinación para alguien que odia el destino. ¿Llegados a este punto... es el café el imposible o lo soy yo?


la escapa·ratista dijo
Como aquel chico del metro, y aquel otro...
7 Septiembre 2006 | 11:53 AM