Sobre dos ruedas (y sin motor)
Mi relación con las bicicletas no siempre ha sido lo satisfactoria que yo habría deseado (se prohíben los chistecillos sexuales). Siendo pedalear sobre dos ruedas una de las cosas que más me gustan en este mundo, me hubiese gustado que las cosas no fuesen tan difíciles. De la única bicicleta que guardo un recuerdo imborrable es de la primera, una enanez diseñada para un pitufo que aún no había cumplido los 3 años.
Me pasaba horas en el amplio patio de nuestro bloque haciendo resonar las ruedecillas traseras sobre el pavimento, hasta que me dolían los oídos. Pronto me deshice de ellas y entré en el selecto club de las dos ruedas. Acababa de cumplir 3 años y ya era la atracción del vecindario. Todos los niños jugaban conmigo a que yo les perseguía con mi vehículo a velocidad supersónica (qué pasa, a mi me lo parecía). Pronto, mis vecinas empezaron a parir como conejas y mis 5 minutos de gloria pasaron a la historia.
Cuando crecí mis padres quisieron comprarme otra. Y puntualizo bien, mis padres. Es decir, yo quería una pero ELLOS se empeñaron en regalarme otro modelo. Por aquel entonces las BH hacían furor, aquellas con el sillín con respaldo. Había modelos preciosos y ligeros como la Meteor y la California. Pero no hay nada que se interponga en la voluntad de un progenitor que quiere lo mejor para su hijo pequeño. Y claro, ellos deseaban comprarme la más cara. Supongo que lo era porque la vendían al peso, la hijaputa. Siendo un chaval delgado y enclenque fueron a comprar una Torrot MX, con suspensión, un sillín donde entraba todo un equipo de fútbol y un cuadro más grueso que John Goodman.
Nunca disfruté de aquel engendro. Durante los veranos mis amigos me dejaban atrás sin ninguna dificultad, hasta tal punto que andar en bicicleta dejó de ser divertido. Aquello era la madre de todas las bicicletas. Mis compañeros de fatigas volaban sobre el asfalto, hacían derrapes, se lanzaban contra las alpacas; yo las atravesaba. No había nada que se interpusiera en mi camino. ¿Qué había que derribar un edificio? Allí iba yo con el Armaggedon en pedales. Lo único bueno de aquel modelo infernal es que jamás me hice daño con ella, nunca me caí ni me hice heridas. Imposible a esa velocidad. Mientras mis amigos acababan con los codos llenos de costras yo regresaba al triste septiembre impoluto. Como si el verano no existiese para mí.
Durante un tiempo y tras jubilar a Torrotzilla, maté el gusanillo bicicletero con viejas bicis de corredor que pululaban (como me gusta este verbo, pulular, jejeje) por la casa del pueblo, que me hicieron un gran servicio al conseguir con una de ellas batir al superhombre deportista de la cuadrilla. Otros 5 minutos de gloria. Tras eso, pasaron varios años de sequía hasta que mi hermano, The big spender, se compró una mountain bike maravillosa, de diseño precioso, cuadro ligero, cambios perfectos y completamente equipada. Como siempre, se cansó de ella a los 5 días, lo que aproveché para llevármela al pueblo. No he vuelto a disfrutar tanto montando en bicicleta (con sillín, que os veo venir).
Aquel verano fue uno de los mejores de mi vida en parte por aquella bicicleta. Las tardes eternas recorriendo las carreteras en solitario, admirando cielos que pensé que solo existían en mi imaginación, parando en los campos de girasoles, siempre acompañado de la pertinente selección musical... Sensaciones irrepetibles. A la vuelta de las vacaciones se abrió un nuevo mundo ante mí: entraba en la universidad y me quedaba sin bicicleta. Mi hermano la reclamó. No pensaba utilizarla, pero era una herejía deshacerse de un producto tan caro. Acabó aparcada en la lonja, cogiendo polvo, hasta que un día desapareció por obra y gracia de algún amigo de mi hermano.
Así han pasado 10 años. 10 años alimentándome de recuerdos y pidiendo prestadas bicis en momentos puntuales. Aún recuerdo aquella antológica tarde, en la que, tras 4 años sin tocar las 2 ruedas, mi amigo Joaquín me hizo recorrer más de 40 kilómetros y yo intenté parar a todos los tractores que se dirigían al pueblo con el remolque vacío. Pero la vida siempre da nuevas oportunidades. Y yo la he tenido ante un nuevo cambio en mi vida. Gracias a mi chica de la playa, he vuelto a sentir con fuerza la llamada de unas cadenas bien engrasadas (cadenas, he dicho cadenas, no caderas) y he comprado un nuevo modelo. Uno de esos que fabrican las propias megatiendas, barato pero más que suficiente.
Lo cierto es que esta es la primera bicicleta que compro yo. El motivo del dispendio es poder ir a ver a mi novia evitando los temidos transportes públicos. La zona en la que vivo está dividida por una ría. Yo vivo en una margen y mi novia vive en un pueblo de la otra. Si quiero ir hasta su casa, debo coger el metro, cruzar un legendario puente colgante y montarme en un autobús. Y ahí me dejo hasta los dientes de oro. Así que, ¿qué mejor excusa para adquirir una reluciente bicicleta ahora que viene el buen tiempo? Ante la imposibilidad de adquirir vehículos motorizados, jejeje.
Lo bueno del trayecto que recorro es que evito en su mayoría la carretera. Primero tengo que cruzar mi pueblo, andando por aceras, hasta llegar al puerto deportivo donde comienza el carril propio de las bicicletas. Éste continúa hasta el transbordador del puente, y tras cruzarlo, recorro un hermoso paseo que llega hasta el pueblo de mi novia. Allí la marabunta me impide continuar montado, pero eso son tan solo 5 minutos. El problema es que cuando uno cree que todo le sonríe y que la vida es maravillosa se topa con la triste realidad.
Los primeros días fueron como el flechazo amoroso inicial. No ves más que mariposillas revoloteando a tu alrededor: oooooh, aaaaaaah. Admiras el mar, el cielo, los paseantes te sonríen, no tienes que soportar a los animales sobre cuatro ruedas insultándote... Cuado llegas a tu destino, te da igual tener que cargar con la bici cinco pisos sin ascensor (en ese barrio hay mucho chorizo, de calidad extra). Pero la dicha nunca es completa. Poco a poco, la maldición que me persigue hace su aparición. Como la primavera.
De repente un día te ves tragando las millones de partículas de polen que inundan el aire, entre las que se camuflan los insectos kamikazes. Otro día, un amable señor con uniforme de policía local te para y te dice que por esa zona no se puede andar en bicicleta, que las órdenes del ayuntamiento son denunciar. Yo no lo voy a hacer, chico, pero te aviso. Después descubres que nadie respeta el carril de bicicleta. Grupos de ancianos paseando, mamás con el carrito del bebé, gente haciendo footing, perros que se cruzan temerariamente, una orquesta filarmónica... Y quéjate, que te meten un par de ostias. Al señor que pica en el transbordador le molesta tanta bicicleta, no para de gruñir. Llegas al paseo y la gente que era amable se ha vuelto un ogro: "¡¡Chaval!! ¿Acaso no sabes que hay carreteras?" Coño, qué asco. A uno se le quitan las ganas, de verdad. ¿Por qué el rechazo social cuando un adulto quiere volver a experimentar las sensaciones de la infancia?
Después de mis últimos paseos la frecuencia de estos ha disminuido. Espero no rendirme tan facilmente ya que mi novia tiene previsto comprarse una bici este verano para que vayamos paseando hasta la playa. Es obvio que no es lo mismo disfrutar de la soledad de los caminos de un pueblo castellano que lidiar con la dichosa urbe. Pero yo me pregunto si la maldición me perseguirá hasta el día en que pueda comprar mi deseada motocicleta.


Gatinha dijo
¿Es que acaso mi querido agente secreto, se va a rendir ante esas "insignificantes" dificultades?
Nada de eso mi querido amigo, ni maldiciones, ni polen de girasoles, ni ná de ná.
Besos.
25 Mayo 2006 | 04:41 PM