De ferias y vinilos
El pasado domingo estuve por segunda vez en apenas 1 mes en una feria del disco. Como buen freakie musical que soy, mantuve esa buena costumbre de acudir a las ferias durante bastante tiempo. Las necesidades económicas, la posibilidad de adquirir discos por otras vías y la pérdida de costumbre me apartaron unos años de una afición que me apasionaba. Ahora, con la repentina fiebre que le ha entrado a uno de mis amigos por coleccionar todo aquello reproducible en un tocadiscos la he retomado. Y me he encontrado con una sorpresa, que ya no me gusta.
La mercancía no tiene nada que ver. No es que haya renegado de los arcaicos vinilos por la tecnología punta. En mi colección particular siempre han convivido todo tipo de formatos sin ningún problema: cd´s originales y grabados, cassettes, vinilos... No hay guerras intestinas entre ellos. De hecho, el vinilo siempre ocupará el primer lugar en mis preferencias. Hay algo de sagrado en ellos que va más allá del valor fetichista del objeto. Es obvio que no se puede comparar un posavasos como el cd y sus cuadernillos enanos, con la espectacularidad de una carpeta doble de un vinilo. Y su olor, mmmm, aquel vinilo olía a... victoria, jejeje.
Es algo que va mucho más allá. Poseer un vinilo es poseer un pequeño pedazo de historia. Algo antiguo y pasado de moda que conserva intactas historias de artes perdidos y lugares que han dejado de existir. Lo que me fascina de ellos no es solo sus portadas (hay algunas que son auténticas obras de arte) o su sonido (digan lo que digan de la era digital y a pesar de los "grillos" una grabación analógica recoge mucho más fielmente el sonido original), es lo que cuenta. Hoy en día se siguen editando algunas obras en este formato. Aún existen grupos, fuera del entorno dj, que consideran que merece la pena publicar sus trabajos en vinilo. Pero el comprador de discos recurre en un 90% de las ocasiones a la segunda mano. Es ahí donde entra en juego la magia.
Porque un vinilo te dice dónde ha estado, en función de la nacionalidad de la edición. Si uno abre bien los oídos puede escuchar los lugares donde ha estado, los dueños que ha tenido, los hogares en los que ha vivido y cómo se le ha tratado. También cuenta cómo fue grabado, qué técnicas artesanales fueron utilizadas en el estudio y cómo han pervivido hasta hoy. Así como las circunstancias sociales y culturales en las que fue concebido. Un pedazo de la historia musical y humana en general de nuestra era.
Reconociendo que soy un freakie, como dije antes, no me considero uno de esos fanáticos puretas que llegan a buscar una edición bosquimana del disco perdido de algún artista de culto que contiene una errata en el título de la primera canción de la cara A, en la galleta interior del vinilo... Procuro que mis compras sean buenas. Poseo primeras ediciones americanas de discos de Neil Young, por ejemplo, (ese "On the beach", aaaaaah). Pero no me ofusco por lo que no tengo. Algo muy habitual en el coleccionista es pensar más en los que aún no se ha encontrado que en lo que ya se tiene. Y lo importante es la música. Por supuesto que es preferible agenciarse la mejor edición posible, pero para mi lo primordial es el estado de conservación del disco. ¿De qué me sirve tener el "White album" de los Beatles pisoteado por una marabunta de elefantes bailando el twist?
En las ferias uno podría realizar un estudio psicológico como trabajo de fin de carrera. Las vestimentas, los gestos, las expresiones, los hábitos de los freakies como yo (y aún mucho peores) son dignos de admiración. Desde aquel que acude a su cita con una lista mecanografiada de lo que está buscando, hasta el que pregunta, puesto por puesto, por las primeras ediciones inglesas de carpeta doble de Genesis. ¿Genesis? ¡¡Aquí no se escucha Genesis!! Ese ambiente antes me volvía loco (de gusto) y ahora me satura. No se qué habrá pasado en otras ciudades, si es que esto de las ferias está extendido. Pero en Bilbao, desde que sustituyeron el Frontón de la Buena Esperanza por impersonales y minúsculos salones de hotel, ya no es lo mismo.
El material ha descendido en calidad. Hay muchos menos "dealers" que antaño, ya apenas vienen de fuera de nuestras fronteras. El percal está controlado por gente que maltrata el género y me da igual lo barato que pongan los precios. Por supuesto que siempre hay algo de gran interés pero lo que abunda son puestos con los vinilos maltratados, inundados de pegatinas imposibles de quitar. Los locales son pequeños y el ambiente se recarga enseguida. Si la gente acude en masa, lo mejor es tomárselo con calma porque el agobio es impresionante. Y yo ya no tengo paciencia. Me abruman las aglomeraciones. El cd le ha arrebatado gran parte de espacio al vinilo y el material cinematográfico disponible suele estar compuesto por carteles manoseados, doblados y hasta rotos y algún que otro programa de mano antiguo.
Puede que el problema sea yo. Que yo haya cambiado más que el ambiente de las ferias y que después de 15 años tomándome en serio la compra de vinilos, mis prioridades y costumbres hayan sufrido una metamorfosis. Es cierto que prefiero toparme con alguna tienda escondida en la esquina más alejada de la civilización, y visitarla de vez en cuando a mi ritmo. O curiosear por las múltiples tiendas on line en busca de algún incunable. Ir a mi rollo. Que uno a estas alturas ya tiene más que definidos sus gustos y donde acudir para saciar sus apetitos y vicios. No se si volveré a una feria del disco o me limitaré a ser un cazador solitario. Curiosidad tengo por acudir a la de Barcelona, que se prolonga durante 3 días, pero miedo me da que me de un patatús ante las dimensiones humanas de la historia. Lo que no voy a dejar de hacer nunca es coger esa aguja (la única buena de todas) y pinchar a Led Zeppelin a volumen 11. ¡¡Spin spin... spin the black circle!!


septiembre dijo
Totalmente de acuerdo contigo. En mi casa aún queda un rinconcito para los vinilos.
No sé si será la edad o quizá hay una pérdida de encanto en casi todos los sitios últimamente. A mi también me agobian las aglomeraciones y no me gustan los grandes espacios ni los centros comerciales. Tanto comprando joyas musicales o tesoros literarios echo tanto de menos las tiendas escondidas, donde poder curiosear y donde te atienda alguien con la misma pasión que tu por el tema.
Sigo callejeando y tropezando a veces con un lugar mágico donde saciar mi curiosidad.
un abrazo
7 Marzo 2006 | 11:29 AM