Mi Moleskine
Lo tengo ahí, sobre una montaña de libros pendientes de leer. Con su tamaño perfecto, su tapa de piel negra, la tira de goma que lo mantiene perfectamente cerrado... . Es el Moleskine que me regaló mi novia el año pasado, que de tan bonito todavía no me he decidido a empezarlo. Podría pensar "un cuaderno es sólo un cuaderno". Con la cantidad de ellos que he llenado ya sin pestañear. Pero éste tiene algo especial.
La leyenda de los Moleskine comienza su etapa moderna probablemente con Bruce Chatwin, el viajero y escritor inglés, que compraba remesas de ellos en una tienda de París y los usaba para tomar las notas que luego se convertirían en sus libros. Es el autor de la célebre frase: "Perder el pasaporte era la menor de mis preocupaciones, perder un cuaderno, una catástrofe". Cuando ya no pudo conseguir más, tras la muerte de su fiel librero francés, parecía que la dinastía estaba a punto de terminar. Pero la apasionada defensa que hizo de su uso en sus obras provocó que alguien se decidiese a volver a fabricarlos, en un formato lo más parecido posible al original.
Es casi imposible saber si realmente Matisse, Van Gogh, Picasso o Hemingway los usaron, como se cuenta tradicionalmente, pero es fácil imaginar a estos artistas inclinados sobre sus cuadernos de viaje (ya sean éstos u otros) para dejar constancia de sus ideas. Entre sus usuarios más recientes se encuentran nuestra querida Amélie, el Dr. Jones en "Indiana Jones y la Última Cruzada" o el el escritor Neil Gaiman, que lo comenta explícitamente en su weblog (aunque no todo el mundo puede irse a Venecia a por el suyo).
Lo cierto es que sigue hablándose de él en ciertos círculos y hasta existen unas normas básicas, casi un ritual, relacionado con su uso: lo más importante, utilizar siempre lápiz (aunque hay quien pinta y dibuja con todo tipo de materiales en ellos). Chatwin además recomendaba numerar las páginas y él, fiel a su espíritu paranoico, anotaba su dirección en la primera con la promesa de una recompensa al que lo devolviese si se extraviaba.
Supongo que asociar un objeto concreto con el arte de escribir o la creatividad tiene mucho de mitomanía. Pasa lo mismo que con el ajenjo, las tertulias en una cafetería determinada o el modelo de la máquina de escribir de Arthur Miller. Seguir los pasos de los maestros no nos garantiza el éxito, pero da una mayor seguridad. Parece que pensemos que todo lo que sirva para atraer la inspiración e invocar a las musas, bienvenido sea.
Uno llega a ver al cuaderno con un aura especial, como si poseyéndolo parte del talento de todos sus usuarios anteriores pudiese traspasarse a nuestras propias palabras. De ilusión también se vive. A mí en particular me está costando empezarlo y todavía no tengo claro con qué lo quiero llenar, como si mis habituales trivialidades (que no lo son, pero tras esas tapas negras me lo parecen) estuviesen fuera de lugar. En un soporte así, todo tiene que tener un sentido especial.
Con los lápices afilados, sólo queda perderle un poco el respeto y estrenarlo, de la mejor forma posible pero sin obsesiones. Si mi novia me lo regaló no lo hizo para que se convirtiese en una pieza de museo, creo yo. Me gustaría ser capaz de olvidarme de mis prejuicios y llenarlo de recortes, fotos, fragmentos de cosas, lo que se me ocurra en el momento. Pero si una página en blanco ya suele dar pánico, una con esta solera, sea real o ficticia, lo da doblemente.


virgula dijo
Muy interesante. Me encanta saber cosas como estas y leer de ellas. Y por otra parte estoy segura del buen uso que le daras a tu Moleskine solo por el respeto con el que lo tratas.
Suerte, valor y a tu Moleskine :P
8 Febrero 2006 | 12:04 PM