Recuerdos de celuloide
Hace mucho tiempo yo era más joven, que diría Groucho Marx. Tan joven que apenas era un mozalbete. Y cuando uno es tan joven vive las cosas de una manera distinta porque todo aparece nuevo, diferente ante tus ojos. Lo que vives en la infancia te marca de otra forma. Las imágenes se te quedan adheridas a la retina, sujetas a tu memoria como aquel que cayendo se agarra al borde del precipicio. Algunas las olvidas con el paso del tiempo y con las nuevas vivencias que experimentas. Sin embargo muchas te acompañan a lo largo de tu vida, en ocasiones sin ser capaz de asignarlas un origen, una causa. Simplemente están ahí aunque no puedas recordar más que la imagen en sí.
Cuando tenía 6 ó 7 años fui a pasar unos días a la casa que unos vecinos tenían en un pueblo del que no recuerdo absolutamente nada. Consigo acordarme del nombre de un perro diminuto que pululaba por ahí, Toby, y que al parecer yo era muy amigo del hijo mayor de dichos vecinos. No me preguntéis su nombre. Una noche, después de la cena de rigor, nos abalanzamos sobre el sofá de la sala para ver una película en los tiempos de los dos rombos y las dos cadenas. La historia giraba en torno a un pobre hombre acusado erróneamente de ser el autor de varios asesinatos. Las víctimas eran todas mujeres y aparecían estranguladas con una corbata. Aquella noche no pude dormir, fui completamente incapaz de pegar ojo aterrorizado por lo que acababa de ver. Pensaba que el asesino aparecería en aquella casa esa misma noche. Subiendo cansinamente las escaleras abriría la puerta de la habitación y elegiría un sexo diferente para su siguiente víctima. Yo.
De vuelta en mi hogar, si estando sólo en un cuarto de la casa mi mente era asaltada por escenas de la película, no podía evitar salir corriendo hacia donde fuera que estuvieran mis padres o hermanos. El miedo me atenazaba sobre todo al recordar el momento en el que el psicópata tenía que recuperar un alfiler de corbata que se había quedado atrapado en la mano de una de sus víctimas, y debe romperle los dedos para hacerse con él. Durante años identifiqué aquel film como "El asesino de la corbata". Pero nunca tenía la oportunidad de comprobarlo.
Años después vi el anuncio de un ciclo dedicado a un tal Alfred Hitchcock, un tipo que me sonaba por una serie de televisión que presentaba con bastante pachorra. La promoción consistía en una sucesión de imágenes de las peliculas que se iban a emitir, imágenes que se alternaban a gran velocidad (al menos así me lo parecía entonces). Intercaladas aparecían las miradas del asesino causante de mis angustias, así como otras escenas que refrescaron y actualizaron otros terrores infantiles y que yo creía olvidadas, como aquella en la que una bellísima mujer de cabello rubio le clavaba las tijeras a un asaltante.
La primera vez que vi el anuncio me quedé petrificado en el asiento. Incapaz de moverme durante varios minutos. Tras la primera impresión una curiosidad morbosa me invadió todo el cuerpo. Quería volver a ver el anuncio. Es más, quería ver las películas, todas ellas. Asistí a aquel ciclo con una mezcla de pavor y fascinación. Con la identificación del origen de mis miedos, éstos se fueron disipando conforme crecía mi admiración por lo que estaba contemplando. Así averigüe que aquel orondo inglés se había dedicado a fabricar mis pesadillas casi desde mi nacimiento. Conseguí asignar el título correcto al producto de mis huidas por toda la casa: "Frenesí" y "Crimen perfecto". Creo que nunca he vuelto a ver el cine como lo he visto entonces.
Supongo que aquel fue el origen de mi enamoramiento por el arte cinematográfico. A partir de entonces no me separé del periódico para comprobar que obras maestras podía descubrir cada día. Y aquello me permitió asignar nombres, apellidos y títulos a todas esas imágenes que me habían acompañado en muchos momentos, de las que no sabía nada más que tenían un inmenso poder de perturbación en mi psique. Las escaleras de la nave espacial cediendo ante un peso invisible en "Planeta prohibido", la soledad de un carnicero asesino conducido por Chabrol, la venganza fría y calculada de una novia vestida de negro según Truffaut, y Hitchcock... siempre Hitchcock.
Es curioso como llegan hasta nosotros las cosas, como pasan a formar parte de nosotros mismos y nos influyen en mayor medida de la que pensamos. No conozco los mecanismos psicológicos que rigen lo que hacemos y cómo lo hacemos; lo que somos y cómo somos, pero no puedo evitar pensar en lo sorprendentemente potente que es el arte, en este caso el del cine. Yo crecí viendo cine clásico, casi siempre americano, en una época donde el blanco y negro no estaba desterrado de la parrilla de programación. Sin llegarle a otorgar la importancia de unos padres o unos amigos (es obvio que nuestro entorno personal es fundamental), estoy convencido de que en parte soy como soy gracias a Bogart, Wayne, Hepburn, Lancaster, Bergman (Ingrid)... Lo cual no quiere decir que sea como ellos, ejem (no me importaría...) ¿Pero quién no ha soñado con comportarse como alguno de sus héroes de la gran pantalla en una situación comprometida y, por ejemplo, ser como John Wayne, el pistolero más rápido al oeste del río... qué coño, el pistolero más rápido al norte, sur, este y oeste de cualquier río de todo el globo terraqueo?
Supongo que si leisteis el anterior post acerca del genio Jim Henson y compartís en cierto modo mi punto de vista, sabréis a qué me refiero. Nuestra generación y todas las posteriores ha sido educada en parte por la televisión, por lo que percibíamos a través de ella. Creo sinceramente que nosotros tuvimos suerte, no me gustaría ser un niño y crecer en la actual sociedad. No soportaría admirar a Vin Diesel, seguro que mi subconsciente se rebelaría. Ni soñar con Cameron Díaz. Para mí una mujer es Ava Gardner, Marylin Monroe, Katharine Hepburn... A mi Gregory Peck me hizo desear ser siempre caballeroso, y a amar el canto de un ruiseñor con su Atticus Finch en la maravillosa película de Robert Mulligan. En cierto modo, aquellas obras transmitían una serie de códigos de comportamiento que luego han influido en mi forma de ver la vida. Claro que uno también podía aficionarse a James Cagney y el cine gangsteril y acabar deseando convertirse en un afamado criminal...
La poderosa capacidad de modificar nuestro estado de ánimo de determinadas imágenes sigue siendo un misterio para mí. Sólo se que está ahí. Nunca he sido un estudioso, como dije en un post hace meses, no me gusta racionalizarlo todo, prefiero sentir. Y el cine me hace sentir, no como medio de evasión de mi propia realidad, sino como agitador de todo mi ser, cuerpo y mente. No se si mi cabeza está en plenas facultades, ni que me deparará el futuro ni en que grado dependerá mi comportamiento de lo que veo y siento a través de lo que veo. Pero no son pocas las veces en las que pienso que no tengo memoria, solo recuerdos de celuloide.


Horrorscope dijo
Amigo, no podría estar más de acuerdo contigo.
4 Febrero 2006 | 05:44 PM