El contador de historias

Del mismo modo que hay músicos a los que vas descubriendo poco a poco a través de versiones de sus temas interpretados por otros artistas, hay escritores a cuya obra te acercas después de haber visto una adaptación cinematográfica o televisiva de alguna de sus más famosas novelas. Supongo que a más de una persona de mi generacón (nacidos a mediados de los 70) le habrá pasado con, por ejemplo, Dumas y sus mosqueteros o Verne y sus mil y una aventuras fantásticas.

De todos los fenómenos de la literatura que descubrí durante mi infancia, el que me impactó más en aquellos años y ha ejercido una influencia constante en mi vida ha sido Robert Louis Stevenson. En el anterior post dedicado a Springsteen me referí a la cualidad casi mágica de algunas de sus canciones para transportarte a miles de kilómetros de distancia, a la capacidad sobrehumana de ponerte en la piel de personajes que no eres tú y hacerte soñar despierto. Eso mismo se puede aplicar a los escritos del novelista escocés. En sus páginas aprendí que las aventuras se vivían mil veces más intensamente entre las palabras de un viejo volumen que embobándote viendo la televisión. Noté la excitación, el miedo, el peligro, la rabia, la euforia; sentí el viento golpeándome en la cara encaramado al puesto de vigía de un velero; olí, palpé, degusté.
Como muchos otros autores, lo vivido durante su infancia abonó la imaginación del futuro escritor sentando las bases temáticas de lo que sería su obra posterior. Stevenson nació en Edimburgo en 1850. Su padre, famoso ingeniero y meteorólogo, se dedicó a la construcción de faros, ocupándose principalmente de mejorar los medios de iluminación. Su madre, de familia burguesa, era de salud extremadamente frágil y el pequeño Robert en lugar de acudir al colegio y adquirir una educación escolar, se pasó la infancia acompañando a su progenitor en sus contínuos viajes por la costa británica. Así, desde las privilegiadas vistas que ofrecían los habituales puestos de trabajo de su padre, Robert imaginó cientos de aventuras desarrolladas en mares embravecidos.
Por desgracia la salud materna fue la primera herencia familiar que recibió el joven Robert y enseguida se vio acosado por la enfermedad, lo cual sería una constante a lo largo de su vida. Al cumplir 17 años ingresó en la universidad para estudiar Ingeniería Náutica a petición de su padre, abandonando la carrera por los estudios de leyes. En la universidad descubrió un tipo de vida bohemia, bastante alejada de los principios presbiterianos con los que fue educado. Las consiguientes discusiones con su padre le provocaron frecuentes recaidas en su estado de salud. Pero la realidad era que los estudios no le motivaban. Si empezó la carrera de Ingeniería fue forzado por mantener la tradición familiar (su tío Alan construyó el imponente faro de Skerryvore, el más alto de Escocia) y su cambio de estudios fue una manera de retrasar lo inevitable. Quería escribir. Su mente era incapaz de concentrarse en el mundo "real". Lo que le gustaba era perderse en paseos solitarios por el campo anotando en un cuaderno lo que le pasaba por la cabeza. La aparición de la tuberculosis le motivó a viajar, principalmente al sur de Francia, en busca de un mejor ambiente para su salud. Así comenzó a enviar artículos a diversas publicaciones, principalmente impresiones sobre sus viajes.
"La gente cree que puedo enseñar y poseer un estilo. ¡Qué estupidez! Cuando tengáis algo que decir, decidlo lo más claramente que podáis. Este es el único secreto del estilo."
En una de sus estancias francesas conoció a una mujer americana, separada de su marido, que trataba de ganarse la vida como artista. Fanny Osbourne era 10 años mayor que Robert y aún estaba casada, lo que provocó el rechazo de los Stevenson a la relación de su hijo. Tiempo después de que Fanny regresara a los Estados Unidos con el objetivo de conseguir el divorcio, Robert la siguió, estableciéndose por un tiempo en aquel país, del que obtuvo la amistad de uno de sus mayores genios literarios, Henry James. En su estancia americana Robert consiguió publicar en 1878 su primer libro, también de viajes, editando a su vez algún que otro ensayo. Pero su salud se resintió en Estados Unidos y tras reconciliarse con su familia volvió a Escocia.
Hasta los 32 años Stevenson no logró conseguir un éxito rotundo con una novela, la mítica "La isla del tesoro". La leyenda afirma que fue un "encargo" de su hijastro Lloyd, uno de los dos hijos del primer matrimonio de Fanny, que nunca se cansaba de tensar las cuerdas de la imaginación de su padrastro, pidiéndole cada noche una aventura distinta. Para satisfacer las ansias de Lloyd, Stevenson comienza la elaboración de la que es la novela de aventuras más famosa de la historia. El espejo en el que se han mirado miles de autores, cineastas y artistas de todo tipo posteriormente. Maravilloso libro aventurero, la obra de Stevenson no debe ser jamás tomada a la ligera. La profundidad psicológica de sus personajes y su talento para elaborar alegorías sobre el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal han pasado a la historia, junto al que es uno de los personajes más fascinantes de la literatura universal: Long John Silver.
A partir de ahí Stevenson se convertiría en uno de los novelistas más apreciados de su generación, alumbrando títulos que siglos después de su concepción siguen sirviendo de fuente de inspiración. La antológica "El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde" es una de las novelas con más adaptaciones a la pantalla, grande y chica, de todos los tiempos. La representación de la dualidad existente en el fondo de todo corazón humano es sencillamente magistral. Su producción ya no dejaría de crecer, mientras continuaba viajando en busca de una curación o al menos alivio de sus achaques: "Las nuevas mil y una noches", "El señor de Ballantrae", "Flecha negra", "Cuentos de los mares del sur"...
En su intenso ir y venir, estableció amistad con otro gigante de su tiempo, Mark Twain, y tras pasar un invierno en la tierra de Huckleberry Finn, emprendió un viaje por el Pacífico, fijando su residencia en Samoa. Allí Stevenson renace. Su salud encuentra un clima idóneo y esta revitalización le transforma en un hombre nuevo. Escribe sin parar, sobre todo novelas cortas como "El diablo en la botella" y su relación con los aborígenes no puede ser mejor. Stevenson incluso toma partido político apoyando a uno de los jefes locales en contra de la ocupación alemana del archipiélago y envía artículos a la prensa inglesa acerca de la situación samoana.
"Vivió tu espíritu, oh amigo, en los viejos cuentos; allí, desde antiguo, transcurrió tu infancia, y allí la expectación enorme, las hazañas y los goces sumos conmovieron con terror y esperanza tu corazón palpitante."
Allí encontró una felicidad plena, sin importarle no disponer de las comodidades y facilidades que proporcionaba la civilización europea. En sus escritos mezclaba realismo, naturalismo, relato psicológico y romanticismo en una época en la que existía una disputa entre defensores de diferentes estilos. Stevenson elevó el relato de aventuras, dibujando perfiles de gran profundidad psicológica dentro de la propia acción de la novela.
Cuando se cansaba de sostener la pluma, los nativos se reunían en las escaleras de su cabaña, esperando que comenzase el relato de una nueva y fascinante historia. Stevenson poseía una extraña capacidad para embrujar no solo mediante la palabra escrita, sino que al parecer también le acompañaba la gracia en la narración oral. El suyo era el talento de contar, un extraño caso de narrador puro, fuente inagotable de historias de amor y traición, aventuras y desventuras, sabiendo tranmitir como nadie la elegancia de su personalidad a sus protagonistas. Porque lo que nunca se me ha quitado de la cabeza en todos los años que llevo leyendo a Stevenson, gracias a lo que me trasmiten sus novelas, es que era, para que nos entendamos bien, un tío cojonudo.
Robert Louis Stevenson falleció de un derrame cerebral en 1894, a la edad de 44 años. Fue enterrado en la isla donde pasó sus últimos años, en el monte Vaea, en una tumba que reza "Tusitala", el que cuenta historias. En Samoa, aún hoy en día se siguen trasnmitiendo de boca en boca historias de marineros con la pata de palo y loros parlanchines que repiten sin parar: "Guineas, guineas..."
Bajo el inmenso y estrellado cielo,
cavad mi fosa y dejadme yacer.
Alegre he vivido y alegre muero,
pero al caer quiero haceros un ruego.
Que pongáis sobre mi tumba este verso:
Aquí yace donde quiso yacer;
de vuelta al mar está el marinero,
de vuelta al monte está el cazador.



Gatinha dijo
Genial,,prodigioso escritor..
el Sr. Stevenson.
20 Enero 2006 | 06:53 PM