Conversaciones de ascensor
No todos tenemos la suerte de Steven Tyler en "Love in an elevator" de Aerosmith. La mayoría de las veces en esas cajas de metal deseamos estar solos, sin tener que soportar los incómodos silencios o peor, las conversaciones que empiezan con "parece que va a llover", a lo que dan ganas de contestar "si, y la lluvia en Sevilla es una maravilla", para incrementar un poco más el absurdo.
Hay estudios que dicen que si dejas atrapados a un grupo de desconocidos en un ascensor, no tardarán demasiado en trabar amistad y contarse intimidades. Lo que no explican es si después de ser rescatados por los bomberos esas relaciones se mantienen o la siguiente vez que se coincide en la lata de sardinas móvil se sigue mirando alternativamente al suelo y al techo como pensando "qué interesantes son mis zapatos hoy" o "alguien debería cambiar esa bombilla".
No se si lo peor es subir con desconocidos o con los vecinos. Con los primeros tienes el beneficio de la novedad y la duda, que no es demasiado consuelo, pero algo es algo. A los vecinos ya los tienes muy vistos y casi aburridos. No digamos si coincides con el que te llevas mal, ese que se queja (con razón o sin ella) de que montas fiestas salvajes hasta las tantas de la madrugada. Al menos un desconocido no se siente impulsado a decir "parece que ha refrescado, ¿verdad?" mirándote como si fueses un barómetro andante.
Si tuviese que salvar algo de los ascensores, aparte de el hecho de ahorrarme los doce tramos de escaleras, descansillos incluidos, que conducen a mi casa, serían las sorprendentes excepciones que se dan de cuando en cuando. Parece mentira, pero siempre hay una persona simpática que sujeta la puerta si te ve llegar a medio kilómetro, o que te ayuda a cargar las cosas del super, te sonríe y te pregunta como estás y qué ha sido de tu vida en el tiempo que no te ha visto (tres meses, y eso que vive en el tercero ¿será que sólo sale de noche? ¿Será un vampiro?).
También hay madres con niños que parecen muñequitos y corretean a tu alrededor riéndose, señoras mayores que no te miran como un delincuente por llevar el pelo rapado y te preguntan qué estudias, o te dan las gracias cuando las dejas pasar, recordándote qué pocos lo hacen hoy, pero no como un reproche, sino con nostalgia. En esas ocasiones, utópico de mi, pienso que me gustaría saber cómo se llama cada chavalín, que me cuenten qué edad tienen los bebés y que berrean porque les están éste o aquel diente, o decirle a la señora Carmen si realmente todo ha cambiado tanto. Sabiendo que me va a responder que sí y eso dará pie a la historia de su vida, que escucharé encantado. Lo que decía, utópico.
Eso supondría atreverme a preguntarle al quiosquero sobre esa anécdota que oí de pasada de cuando era periodista en Colombia. O al dueño del restaurante de enfrente qué idioma es ese que habla con su mujer y que me hace pensar que pertenecen al programa de protección de testigos.
Ahora me pregunto si estaré pasando por la vida teniendo sobre todo conversaciones de ascensor, insulsas y sin contenido, y si realmente lo único que quiero es llegar a mi piso, a mi trabajo, a mi autobús, a la tienda, a donde sea, ignorando a cualquiera que me encuentre por el camino. Quizá no me haría mal quedarme atascado un día, o muchos, o unos cuantos años, para dar una oportunidad a los que tengo a mi alrededor, y hablar, y conocer, y reir, y saber.


Eclipse dijo
Es raro que no menciones un aspecto importante del ascensor... el espejo. Es curioso cuando estás con alguien en el ascensor y se mira disimuladamente al espejo y tú finjes no verlo...
Un saludo
2 Diciembre 2005 | 12:24 AM