La caldera
Cuando era pequeño (más bien minúsculo, nunca he dejado de ser pequeño) nuestra casa estaba protegida de las inclemencias de la caprichosa meteorología por unas raquíticas ventanas. En una noche lluviosa y con viento, las persianas interpretaban durante horas la suite nº 1 de su repetitivo repertorio y mi pobre hermana era sepultada bajo toneladas de mantas... y seguía pasando frío. A la mañana siguiente mis padres debían ayudarse de un mapa para encontrarla. Por suerte nunca sufrimos bajas (temperaturas sí, árticas).
Años después mi familia pudo permitirse el lujo de poner contraventanas. ¡Qué adelanto de la ciencia nos parecía entonces! Hoy en día, cualquiera de esos engendros con megasuperultrapowerclimalit no sólo te resguarda del mal tiempo, sino que, si hace falta, hasta de un ataque nuclear. Así uno no puede discutir a gusto, porque sin que se entere de la movida el vecino del bloque de enfrente y no pueda aportar su punto de vista, no es lo mismo.
Posteriormente mi padre sufrió un ataque agudo de chimenitis y, como se aburría, se puso a tirar paredes aquí y allá (lo que le gusta hacer agujeros por toda la casa al hombre) para hacer sitio a un monstruo del averno que, eso sí, tiraba que era un primor. Tras deforestar gran parte de la Amazonia para alimentar a la insaciable nueva inquilina instalada en nuestro salón, pudimos jubilar a la estufa, única estufa, por cuyo eléctrico y cálido abrazo nos habíamos peleado todas las navidades. Desgraciadamente, un pequeño percance en el que se quemó el revestimiento del tubo, por el que estuvimos a punto de convertir nuestro bloque en una gran barbacoa, nos hizo plantearnos nuevas formas de generación de calor hogareño. O eso o aguantar las muecas de disgusto de nuestros vecinos.
Así estuvimos hasta que un buen y sagrado día, el cielo se abrió para nosotros, un rayo de sol atravesó la atmósfera (no se cómo pueden traspasar la capa de mierda y contaminación), proyectándose directamente sobre la insigne calva paterna, provocando que en un milisegundo exclamase: "¡Hay que instalar calefacción de gas natural!" Ooooh, patrón de las causas perdidas y de las almas desamparadas (y frías), has escuchado nuestras plegarias. Loado seas.
Aquella maravillosa sensación de dar una patada a las bombonas de butano (iluso de mí, me fracturé tres metatarsianos); de no tener que asomarnos nunca más por la ventana para gritar como una verdulera: butaaaanoooooo; de poder ducharse siempre con agua calentita, hirviente, escaldante... siiiiii. De nuevo, iluso de mí. Nuestra caldera debe ser la más independiente de la historia. Con esto quiero decir que funciona cuando quiere, se enciende cuando le sale de los... gases. Si un día no le apetece trabajar, llamas a los ZAZ y que rueden "Friega como puedas".
En estas estábamos cuando ayer mismo la calva anteriormente citada sufrió en sus carnes los efectos del "buen" humor de la caldera. Como estamos acostumbrados a sus antojos, esperamos hasta después de comer para comprobar si se había apiadado de nosotros. Craso error. Lo peor de todo es que expresó su disgusto ante nuestra insistencia con una explosión. Pensamos que Bagdad se había trasladado a nuestra cocina. La llamada de turno al servicio técnico sirvió para que el rostro de mi padre adquiriera una tonalidad acorde con la obtenida por la despejada parte superior de su cabeza esa misma mañana. Tranquilidad, relajación, paz interior, inspira... expira... HIJOSDE... OS VOY A... INMEDIATAMENTE!!!
Tal colección de exabruptos valieron para que el encargado de las salidas a domicilio (cómo suena eso...) nos llamara una hora después, excusándose, asegurando que esa tarde estaba liadísimo y que vendría a la mañana siguiente. Perfecto, yo con una cita y este mamón dando largas. Bueno Javitxu, ármate de valor. Con dos cojones, por pequeños que se te queden. O eso o aparecer hecho un abominable hombre de las nieves con lo que tus posibilidades de éxito se reducen a... qué leches, no tendrías ninguna. Reconócelo.
Armado con mis botes de gel y champú, giré el grifo y a los 5 segundos ya me había acordado de Katharine Hepburn, sus diarias duchas frías y toda su familia, especialmente de su madre, a quien no tengo el placer de haber conocido. Mis brazos se movían como revolucionadas aspas de un histérico molino. En esa bañera había trozos de hielo en los que podría chocar el Titanic. Incluso podía ver a Kate Winslet flotando en mi pastilla de jabón y a Di Caprio perdiéndose por el desagüe. El cerebro se me congeló, olvidando la única idea buena que tuve en todo el día que era... Acabé cagándome en todas las cosas que se supone nos hacen la vida más fácil (ya conté mi experiencia con los cortes de agua y el portero automático).
Salté de la ducha pensando que si salía tan azul al pasillo Gargamel podría estar esperándome para meterme en una cazuela, con el resto de pitufos. Ahora sabía lo que sentía John Rambo cuando le enchufaban con la manguera en "Acorralado", la sensación de que tus testículos hacen un sprint en dirección a tu nuez huyendo del frío, batiendo el record de cualquier atleta dopado. Tenía la piel tan de gallina que temí que me considerasen un caso de gripe aviar y que en cualquier momento un grupo de científicos con trajes especiales derribasen la puerta de mi casa y me tratasen como un caso clínico.
Me sequé y vestí a velocidad supersónica. Ni siquiera recuerdo si me coloqué los gallumbos del derecho o del revés. Hasta me puse una camisa encima sin darme cuenta de la temperatura veraniega que reinaba en la calle. Así pasé de un frío helador a un calor sofocante sin comerlo ni beberlo. Con la reactivación de la circulación sanguínea parecía un yonki con sobredosis de cafeína. Afortunadamente toda cosa mala tiene su compensación, un reverso bueno. Y yo encontré en mi cita la comprensión necesaria para devolver a mi cuerpo la temperatura adecuada y natural. Bendita seas por hacer que todo merezca la pena. Hasta la cría de pingüinos en mi aseo. Un saludo para todos.


la niña azul dijo
anda que... si es que eso no pasa con el butano...
mi proceso fue inverso al tuyo, mi padre y su caldera se adoran mutuamente. Mi padre la defendía a gritos de nuestros abusos y ella le recompensaba guardandole el agua más calentita para él.
después pasé a tener una caldera independiente y con personalidad propia. yo también pensé en la herburn y sus duchas frias ¿tanto repitió esa buena mujer la anecdota?
ahora vivo con un pequeño calentador de butano que no me falla nunca. Y aún recuerdo uno de los primeros días en casa cuando sobre las ocho de la mañana, más o menos, escuché por primera vez esa musiquilla:
¡Butaaaaaaaanooooooo!
entrañable.
no lo cambio ni por todo el gas del mundo
27 Octubre 2005 | 03:37 PM