La leyenda de Mallory e Irvine
Periodista: "¿Por qué escalar el Everest?"
George Mallory: "Porque está ahí."
El 29 de mayo de 1953 es el día señalado en todas las enciclopedias del mundo como aquel en el que la cima de la montaña más alta de la Tierra se situó bajo los pies de un ser humano por primera vez en la historia. El honor y la gloria se las repartieron el neozelandés Edmund Hillary y el extraordinario sherpa Tensing Norgay. La leyenda... no. La leyenda tiene reservado su corazón para dos nombres cuya sola mención hace temblar los cimientos de la verdad aceptada: George Mallory y Andrew Irvine.
Que más de 80 años después de su desaparición aún se siga considerando un tema de discusión, así como de interés informativo, si estos dos hombres fallecieron subiendo o bajando del pico del Everest no deja lugar a dudas. Probablemente jamás se averigüe y es posible que toda esta discusión sea estéril. Obsesionados con el éxito, con ser el primero en todo, con ser mejor que los demás, no nos damos cuenta de que el motivo central de todo esto es una nimiedad. Olvidamos la asombrosa hazaña que ya constituye llegar a dónde llegaron, cuando llegaron y cómo lo hicieron. Como siempre, damos más valor a lo que menos importa. El código del alpinismo, que solo dota de valor a la hazaña si se vuelve con vida.
Nacido en 1886, Mallory mostró una pasión desmedida por el montañismo siendo muy joven. A los 19 años entró en Cambridge para estudiar Historia, dedicándose a la enseñanza tras graduarse. Tiempo después, en 1914, se casa y tiene 3 hijos. Su luna de miel, en los Alpes, por supuesto. Durante todo este tiempo continuó practicando el alpinismo, ascendiendo el Mont Blanc en 1911, relación rota por la irrupción de la 1ª Guerra Mundial, durante la que sirvió en el cuerpo de Artillería. Regresó a casa en 1919 después del armisticio.
En la década de los 20, el Himalaya era considerado el tercer polo. Pasada ya la época de los grandes descubrimientos, la cordillera nepalí aparecía como el último obstáculo para el insaciable deseo de conquista del hombre. Mallory, tras abandonar su profesión de maestro, formó parte de las primeras expediciones a la zona, todas ellas británicas, ascendiendo picos menores para obtener información acerca de la geografía de la región. Pero todo intento de conseguir el éxito con el Everest resultó baldío, perdiéndose muchas vidas en ello.
La tercera de esas pioneras expediciones se llevó a cabo en junio de 1924. Mallory, apodado "caballero Galahad" por su carácter y aproximación romántica al alpinismo, consideraba poco deportivo ayudarse con bombonas de oxígeno. Pero vistas las dificultades de lograr su objetivo sin ellas, toma la decisión de acarrear un peso extraordinario. El 6 de junio, acompañado por el técnico en oxígeno Andrew Irvine, de tan sólo 22 años, inicia la ascensión desde el collado norte con la esperanza de llegar a la cima 3 días después. Durante la subida alcanzan a Howard Somervell, que les presta su cámara de fotos al desistir en su intento.
Alrededor del mediodía del 8 de junio, son vistos por el geólogo Noel Odell a unos 600 metros de su meta. La intensa bruma oculta sus figuras poco después. "Toda la arista somital y la cumbre del Everest se hallaban despejadas. Mis ojos quedaron fijos en el pequeño punto negro que se recortaba en una cresta de nieve situada debajo de un resalte rocoso de la arista; el punto negro se movió. Entonces apareció otro punto negro que se desplazó por la nieve hasta reunirse en la cresta con el primero. Este se aproximó entonces al gran escalón rocoso y al poco apareció en lo alto; el segundo le imitó. Entonces, toda aquella fascinante visión se desvaneció, una vez más envuelta en nubes".
Ya no se supo nada más de ellos. Odell acudió sin esperanzas al último campamento base de sus compañeros, donde comprobó que nadie había regresado.
Se especula con que Mallory e Irvine se precipitaron, movidos por la ansiedad y que aquel error les costó la vida. Pero su fin no fue más que el comienzo de la leyenda. ¿LLegaron a pisar la cima? En 1933 se halló el piolet de Irvine a unos 8400 metros, bajo el primer escalón de la arista noroeste. En 1999, una expedición estadounidense encontró el cadáver congelado de Mallory a más de 8000 metros (oscila entre los 8000 y los 8300, depende de la versión). Una etiqueta en la camisa y un paquete de cartas lo indentifican, pero sin pruebas de ADN, las autoridades nepalíes no dan credibilidad al hallazgo. Anteriormente, en 1975, un escalador chino informó haber visto el cuerpo de un escalador inglés cerca de la cima. Al tocarlo, parte de la ropa se desintegró en sus manos, indicando que llevaba allí décadas. Desgraciadamente el alpinista chino falleció descendiendo, sin que se llegara a precisar el lugar en el que vio el cuerpo. Todo el mundo acepta que aquellos restos eran de Andrew Irvine.
La cámara de fotos prestada continúa perdida en la montaña. Expertos de Kodak afirmaron que si ésta era encontrada con película, es muy probable que se consiguiera reproducir imágenes gracias a la naturaleza de la película de blanco y negro usada en la época y al estado de congelación al que ha estado sometida todos estos años. Si fuera hallada algún día, se convertiría en la única posibilidad fiable de dirimir la cuestión. Los dos últimos años sendas expediciones han intentado encontrar nuevas evidencias sin éxito.
Los defensores de la teoría que reclama reconocimiento para Mallory e Irvine aducen lo siguiente: una de las hijas de Mallory siempre ha sostenido que su padre llevaba consigo una foto de su mujer con la intención de dejarla en la cima en caso de alcanzarla. Esa foto no fue encontrada en el cuerpo. Dado el excelente estado de conservación existe la posibilidad de que lograra su deseo y esa foto descanse a 8848 metros de altura. Por otra parte, las gafas de Mallory se encontraban en su bolsillo cuando fue hallado, lo que indica que falleció de noche. Eso lleva a pensar que estaban descendiendo a última hora del día. Teniendo en cuenta dónde y a qué hora fueron vistos por última vez, es muy poco probable que se encontraran fuera del campamento de noche sin haber llegado arriba.
Otros, como Conrad Anker (quien encontró el cuerpo de Mallory), o el mítico Reinhold Messner creen imposible que lograran superar las dificultades técnicas del llamado Segundo Escalón en las condiciones en las que se encontraba en 1924. A pesar de que una expedición china escalara hasta la cima por la ruta de Mallory en 1960 (sufriendo amputaciones de las extremidades), Messner sostiene que "el descubrimiento demuestra lo que siempre sospeché: nunca alcanzaron la cumbre. El Everest sólo podía escalarse entonces por su cara norte a través del pasillo Norton, en el que había fracasado cuatro días antes Edward Norton. Mallory no tomó esa ruta, la única que le habría llevado efectivamente hasta arriba, sino que escogió otra y llegaron al segundo escalón, a 240 metros de la cumbre. Imposible pasar por allí, al menos hasta 1975, cuando se fijaron en ese lugar unas escaleras de aluminio".
Sin embargo, compañeros que le conocieron sostienen que George Mallory superó una dificultad similar en los Alpes suizos, al mismo tiempo que alaban su estilo, al parecer sin parangón por su rapidez, agilidad y poderío. En estos tiempos en los que toneladas de basura se acumulan en las faldas de las montañas que tanto dicen amar quienes las escalan; en los que el impulso aventurero y romántico ha sido sustituido por expediciones patrocinadas por cadenas de televisión; en los que el espíritu deportivo se ha trocado en feroz competitividad con vistas a obtener un beneficio mercantil y lo que impele a muchos profesionales de la montaña es hacer una muesca más en su historial para ser el primero con 14, 15, 16 ochomiles; es gratificante recordar que hubo un tiempo en el que alguien lo empezó todo, movido por el ansia de probar y superar los límites del ser humano. Y recordar que lo importante es lo que hicieron, no lo que se supone que hicieron. Porque Mallory e Irvine abrieron el camino. Yo personalmente me quedo con las palabras de Chris Bonington: "Sí, me encantaría que lo hubieran conseguido, aunque no lo podamos saber".

"Si alguien me pregunta cuál es la utilidad de escalar o de intentar escalar el pico más alto del mundo, debería decirles que ninguna. No se persigue ningún fin científico; simplemente la gratificación de un impulso, el deseo indómito de descubrir lo inexplorado que late en el corazón del hombre. Conquistados los polos norte y sur, la poderosa cumbre del Everest permanece ante los ojos del explorador como la única gran conquista posible" George Mallory



el inevitable anónimo dijo
Gracias por el artículo!
Mallory es uno de los personajes tangenciales del Grupo de Bloomsbury, con referencias biográficas y generacionales, pero no puramente literarias. Y por lo tanto, uno de mis fetiches, debo decirlo...
Era, además, "a good fellow". Y eso, en todo caso, siempre es una lección.
21 Octubre 2005 | 11:54 AM