H.P. Lovecraft, nuestro espía al otro lado
Alguien que ha conseguido que legiones de fans conozcan de memoria una extraña mitología, llena de dioses con nombres extraños (normalmente con demasiadas consonantes como para pronunciarlos), monstruos y criaturas no sólo de fuera de este mundo, sino de otra dimensión, tiene que tener algo especial. No es Poe, pero sus obras fascinan tanto o más que las del maestro de lo macabro, del que era admirador declarado. Apelando a oscuras referencias enterradas en nuestro subconsciente, Lovecraft nos atrapa de una forma que muy pocos escritores en la historia han logrado.
Es difícil describir la temática de sus relatos, se suele hablar de horror, pero como el apelativo se queda corto se le añaden adjetivos como cósmico, sobrenatural o trascendental. Todos dan a entender que con lo que contaba no se limitaba a asustarnos, sino que nos mostraba una pequeña parcela de otra realidad, enorme y terrible, en la que ciclópeas figuras tramaban planes inimaginables que incluían nuestra destrucción. Uno a uno nos daba a conocer a esos señores del espacio y del tiempo, crueles, innombrables y ajenos a la lógica humana.
El panteón de dioses que surgió de su pluma es detallado y realista, tanto que parece algo recordado o visto, y no creado. Esa sensación de verosimilitud es la que en otro estilo logró Tolkien con su Tierra Media: la prosa de ambos tiene en común que nos transporta a lugares desconocidos pero a la vez familiares, como si en nuestros sueños (o mejor dicho, en nuestras pesadillas) ya hubiésemos pisado esa tierra y conocido lo más sorprendente y lo más siniestro.
La progresión de Lovecraft es la de sus fuentes de inspiración: en primer lugar Poe, que le llevó a los cuentos de fantasmas y luego Lord Dunsany, que le introdujo en la tierra de los sueños, dándole pie a abrir su mente a una realidad totalmente diferente. Probablemente sea esa forma de basarse en sus propios sueños y pesadillas la que lo hace tan cercano a cualquiera que lo lee. Sus argumentos pueden originales pero sus actores, sobre todo los más monstruosos, hacen resonar en nosotros ecos de una "memoria onírica" colectiva, la angustia de ser perseguidos, de querer escapar y no poder hacerlo, de no entender lo que está ocurriendo y de vernos encerrados en lugares que desafían la lógica y la razón.
Para un lector moderno las narraciones de Lovecraft pueden parecer algo predecibles, sobre todo cuando uno ya está familiarizado con su mitología, los "mitos de Cthulhu" como se le suele llamar. A la larga hay nombres que se van haciendo familiares, como Azathoth, los Mi-Go, la Gran Raza de Yith, los Profundos, Nyarlathotep o Shub-Niggurath... y reconocer los síntomas de su presencia en las historias produce un escalofrío. Los protagonistas avanzan hacia su destino descubriendo signos y símbolos de presencias sobrenaturales que nosotros reconocemos, pero ellos no. Esto añade una doble tensión, la de la incertidumbre sobre lo que va a ocurrir y la amarga sospecha de quién o qué está detras de todo ello.
Quizá esta impresión de "secreto compartido" o de saber arcano que sólo unos pocos adivinan es lo que ha hecho tan popular la obra del infeliz escritor de Providence. Hoy en día su memoria se conserva en múltiples reediciones, en el trabajo de aquellos que continúan desarrollando su mundo, en nuevas películas cada año, videojuegos y un juego de rol, "La Llamada de Cthulhu" (un clásico que se encuentra entre los mejores jamás realizados y que continúa ganando adeptos con el paso del tiempo).
Nuestro querido H.P. estaría orgulloso de su legado... o quizá le daría miedo haber llegado tan lejos contando lo que hay al otro lado.


laveron dijo
La casa de la bruja...gran relato. y juega sólo con nuestro miedo, nada más.
19 Octubre 2005 | 05:05 PM