Melancolía de otoño
Tengo una amiga que más que gustarle las vacas siente verdadera pasión por ellas. En su casa conviven en cierta harmonía todo tipo de objetos y artilugios que reproducen de una forma u otra las líneas corporales vacunas. Recuerdo que hace tiempo, supongo que por su cumpleaños, la regalamos un muñeco que emitía un mugido al apretarle el pecho. Aún resuenan las carcajadas que soltó.
Hará dos fines de semana, mientras visitábamos uno de esos estresantes y deshumanizados centros comerciales, nos paramos a degustar un delicioso gelato (yum yum). No recuerdo la marca, pero el envoltorio del cucurucho reproducía un grupo de alegres vacas pastando. Ella cogió dicho envoltorio, escribió una dedicatoria y me lo entregó. Igual es una gilipollez, una chorrada, una tontería, pero me llenó.
Supongo (no se si es muy atrevido por mi parte) que todo el mundo está necesitado en una medida u otra de cariño, afecto. Sentirse apreciado. Puede que esa necesidad varíe dependiendo del grado de cariño o amor que se recibe en una época determinada. Quiero decir que cuando uno está enamorado (por ejemplo) y es correspondido, puede no necesitar nada más. Mientras que en otras ocasiones, a pesar de ser consciente de que uno es querido, las muestras, las palabras, los gestos, son muy necesarios.
Yo personalmente he sufrido un cambio paulatino los últimos tiempos. De ser una persona muy reservada, excesivamente tímida y hasta fría, he pasado a no morderme la lengua, a decir "te quiero" a todo el mundo que me de la gana, a mostrar con pequeños detalles que no me olvido de mis amigos. A veces no es imperioso protagonizar una escena que haría enrojecer de vergüenza a los guionistas del más edulcorado culebrón. Los gestos o las miradas, un ligero comentario bastan para decir "tienes mi corazón en caso de que lo necesites".
Quizás yo les doy demasiada importancia. Puede que con el paso del tiempo, los protagonistas de esos diminutos momentos se olviden de ellos. Que no recuerden aquella vez en la que me cogieron de la mano, o me dieron un suave abrazo, o me invitaron a algo, o me hicieron un pequeño regalo, o me dijeron "estoy contigo en esto al 100%". Pero yo no los olvido. No me olvido de nada que me recuerde que me quieren.
No me desharé de envoltorios o cigarrillos ajados con dedicatorias, ni de absurdas pulseras, ni de palillos chinos, ni de mecheros, ni de muñecos de peluche, ni de monedas, ni de entradas de cine, ni de facturas de hamburgueserías, ni de billetes de tren, ni de fotos, ni de cartas, ni de juegos de mesa, porque como decía Shakespeare en "Cómo gustéis",
Es una melancolía mía propia, compuesta de muchos elementos, extraída de muchos objetos, mera y diversa contemplación de mis viajes, que, al rumiarla a menudo, me envuelve en una tristeza muy humorística.


Roberto dijo
En mi caso me da la impresión de que he recorrido el camino inverso, y creo que tú Flanagan con la perspectiva que dan los años que hace que nos conocemos, lo sabes mejor que nadie: he pasado de aventuras románticas de capa y espada huyendo por los tejados (al menos mentalmente) al cínico humor de un mayordomo inglés que está de vuelta de todo.
A veces echo de menos hacer, decir y sentir lo que tú describes. Puede que un día vuelva, si es cierto que hay un momento para todo.
18 Octubre 2005 | 12:58 PM