El precio del silencio
Al margen de todas las conclusiones políticas, bélicas o ideológicas que se puedan sacar de los atentados de ayer, me gustaría hacer una reflexión sobre el tratamiento de la información de los medios británicos.
Lo cierto es que para un adicto a los servicios de noticias como yo, que consulto los diarios online dos docenas de veces al día, leo todos los periódicos que tengo a mi alcance y pongo la televisión en los informativos compulsivamente, lo de ayer fue un desengaño absoluto. Quizá estaba mal acostumbrado después del 11S y el 11M, pero esperaba algo más que ese mutismo en el que se sumió toda Inglaterra, a la espera, supuestamente, de confirmaciones oficiales.
No voy a decir que las orgías periodísticas de otros atentados sean mejores, pero ayer las televisiones retomaron lo previsto en su parrilla con una velocidad pasmosa. Algo normal si tenemos en cuenta que los datos sobre lo que había ocurrido llegaban con cuentagotas y era imposible mantener una cobertura intensiva con algo así.
El código de conducta de los medios británicos, aparte de las recomendaciones oficiales, impusieron una autocensura en cuanto a imágenes del suceso y recuento de víctimas. Hoy sabemos que pudieron ser más de cincuenta, pero durante mucho tiempo sólo hubo dos confirmadas, junto con unos cuantos heridos. ¿Quién podía creer que cinco o seis explosiones habían causado tan poco efecto?
Imagino que las principales razones para cortar el flujo de noticias fueron evitar el pánico, la alarma social y la preocupación de los familiares de las personas que estaban en la zona. También dar menos combustible al morbo, que en estos casos aparece aunque no lo deseemos... aunque haya quien viva de él, como demostró el magazine de la tarde de alguna cadena privada.
Evidentemente también habrá motivos políticos. Una población alarmada es una población más propensa a preguntar ¿por qué? Y eso en un gobierno a nadie le interesa. Esa lección ha sido bien aprendida después del 11M. La normalidad o la apariencia de ella hacen que la gente no tenga necesidad de cuestionarse cómo hemos llegado a este punto. La prioridad no parece ser mostrar los hechos, sino agitar una bandera de unidad y condena a los atentados, diciendo "ha sido terrible, pero todo está controlado y no cederemos".
Muchos han calificado la postura de discreción informativa como más profesional y serena que la adoptada por ejemplo en el 11M. Ante eso sólo tengo que decir que dudo que cortar las comunicaciones sea síntoma de un mejor periodismo, y que el trabajo realizado por los medios españoles me pareció inmejorable.
Lo cierto es que personalmente me sentí desencantado no por el hecho de "no saber", porque eso a veces es imposible de cambiar, sino por la sensación de que por muchos medios de los que uno disponga, sea televisión, radio, internet, si alguien decide que se imponga el silencio, nos quedamos a oscuras.
Mi idea sobre la accesibilidad de la información se desmoronó ayer a medida que pasaban las horas y fui consciente de algo que ya sabía hace tiempo, pero había preferido ignorar: que de lo que ocurre sólo llega a nosotros lo que alguien, con un filtro más grande o más pequeño, escoge que sepamos. Si antes pensaba que el conocimiento era un derecho, hoy más que nunca creo que por desgracia se trata de uno de los mayores privilegios.

