La TV en España: el efecto Groucho
Decía Groucho Marx que la televisión le parecía muy educativa: en cuanto alguien encendía una él se marchaba a la biblioteca y se ponía a leer un buen libro. Lo cierto es que el irrepetible cómico también hizo sus pinitos en la pequeña pantalla, así que en cierta forma no debía considerarla tan mala... al menos su propio programa.
En los últimos tiempos se ha producido en nuestro país un retroceso a la Edad de Piedra en lo que a contenidos televisivos se refiere. La "invasión del corazón" ha dejado la parrilla tan maltrecha que si uno enciende el aparato en otra franja horaria que no sea la de informativos, puede sufrir el efecto Groucho, es decir, tener el impulso de salir de la habitación debido a la vergüenza ajena.
Saturado por las tonadilleras, toreros, futbolistas, vedettes y demás, o lo que es peor (si cabe), los y las "ex de", "concursante de" o "familiar, amigo, vecino de", mi alternativa suele ser optar por un canal de pago. Normalmente uno en el que solo pongan películas o documentales, lo que permite disfrutar un rato pensando que el pasado o las realidades inventadas son un buen refugio, más lúcido por lo menos que todo eso que intentan vendernos como "actualidad".
No voy a censurar a las cadenas, entiendo que éstas dan al público lo que quiere. Son empresas que tienen como objetivo ganar dinero, un dinero que sale de los anunciantes, a los que sólo les interesa que sus productos sean vistos por el mayor número posible de personas. De ahí que la calidad del contenido sea secundaria, lo único que importa es a cuánta gente congregue el programa delante del televisor. El mejor ejemplo es Crónicas Marcianas ¿qué tanto por ciento de cuota de pantalla da el culo de Boris? ¿Y la demagogia barata de Sardá? ¿A cuánto se cotiza un freak? Es curioso que un programa que se supone moderno tenga un espacio fijo que es como un revival de un espectáculo medieval, en el que se exhibe a un personaje peculiar en la plaza del pueblo para befa y mofa del populacho.
Como decía, si es eso lo que consigue que un 30% de los telespectadores se queden pegados a un canal, pues adelante, se programa y se convierte en un referente. En el horario diurno, el equivalente sería el trabajo de investigación sociológica que hacen Mª Teresa Campos o Ana Rosa Quintana, reuniendo a lo mejor de cada casa para que cuenten sus miserias, algo perfectamente válido como maniobra para captar audiencia, pero que normalmente resulta bochornoso.
Por suerte la televisión pública no ha llegado (todavía) a esos extremos, pero sí que ha perdido bastante el norte. Si algo comporte con las privadas es esa confusión entre porcentaje de share y calidad, según la cual cuanto más suba la aguja, mejor lo estamos haciendo. Para dar un servicio, tanto de entretenimiento como educativo, deberían olvidarse de qué es lo que quiere el público, porque tomando eso como referencia la mejor alternativa serían gladiadores y leones.
Hay que reclamar un poco de valentía y que se emita lo mejor, no lo que las estadísticas dicen que producirá más tirón. Hace unos días, mientras veía una reposición de "El Hombre y la Tierra" me dí cuenta de lo lejos que estamos de la filosofía que llevó a producir obras de arte como esa. ¿Reamente nadie desea que vuelva aquello?
Recuerdo la frase promocional de La 2 durante mucho tiempo: "Para una inmensa minoría". Una minoría que me gustaría creer que no es tan pequeña como se supone, y que sigue esperando una televisión con profesionalidad, calidad y criterio.

