La Coctelera

5 Julio 2005

Reverte o el escritor enfurecido

Arturo Pérez Reverte es uno de esos casos atípicos en la literatura de nuestro país. Lleva años adoptando una postura combativa contra todo aquello que le enoja, que en esta península perdida de la mano de Dios, es mucho. No suele dejar a nadie indiferente y como dice el tópico, o se le quiere o se le odia, no hay término medio.

Decir que Reverte lanza dardos con la palabra es un eufemismo. En su caso es munición pesada de artillería, que levanta enormes polvaredas y enerva a sus detractores. Inasequible al desaliento, no se detiene ante nada y con esa pluma incisiva que le caracteriza firma una columna tras otra, a cada cual más incendiaria. Y no las llena con polémicas artificiales, que parece que es lo que está de moda, sino con reflexiones sobre todo lo ridículo, vergonzoso o denunciable de nuestra vida cotidiana.

Mi primer contacto con su trabajo fue a través de "Territorio Comanche", un librito que narra sus experiencias como corresponsal de guerra en forma novelada. Lo mejor sin duda es lo que se entrevé de su historia personal, o mejor dicho la de sus compañeros periodistas, protagonistas de mil y una anécdotas, algunas divertidas, otras terribles, la mayoría para poner la piel de gallina. Precisamente fue en una clase de introducción al periodismo donde nos hicieron leerlo y es uno de los mejores recuerdos que tengo.

A partir de ahí seguí a Reverte en su columna semanal, que normalmente desborda ironía, mordacidad y denuncia de la estupidez a partes iguales. Durante un tiempo llegué a coleccionarlas y creo que todavía tengo por ahí una carpeta llena de ellas. La verdad es que me gusta más esta faceta suya que la de escritor. "El Maestro de Esgrima" me pareció un buen libro, "La Carta Esférica" me decepcionó y nunca me he decidido a leer nada más suyo, a pesar de que "El Club Dumas" parece interesante. Y la serie de Alatriste, una de esas que ya no se escriben.

En cierta forma y salvando las distancias, Pérez Reverte y Mariano José de Larra tienen mucho en común. Los dos son cronistas desencantados de su tiempo, críticos con una España que ha perdido los valores, o mejor dicho, ha despreciado los mejores para quedarse con los peores. Larra pintaba una sociedad inculta, maleducada y sólo preocupada por las apariencias y casi doscientos años después, Reverte no tiene que esforzarse demasiado para hacer lo mismo. No hemos mejorado nada, vamos cuesta abajo y riendo hacia el abismo.

Viendo la realidad de ese panorama desolador que tan bien retrata muchas veces me gustaría decirle, déjalo Arturo, predicas en el desierto, esto no tiene remedio... pero la verdad es que alguien como él nos hace falta. Alguien que por lo menos borre la sonrisa de autocomplacencia de la cara de algunos.

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Dos amigos escribiendo sobre sus gustos, aficiones, manías y cualquier cosa que surja de su imaginación desbordante.

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