Botox y bisturí para todos
Después de ver el extraño aspecto que tiene Nicole Kidman últimamente, con esa cara brillante y rígida supuestamente producto del botox, uno se pregunta qué impulsa a alguien que antes era un paradigma de la belleza natural a hacerse algo así. Parece que la cirugía estética se ha convertido en una herramienta indispensable para cualquiera que aparezca bajo los focos, ya sea en el cine, la televisión o la política.
Se pueden contar con los dedos de una mano los actores y actrices de cierta edad que no se han hecho algún "retoque". Eso hasta cierto punto es normal, o mejor dicho comprensible. En una industria que sustituye cada vez más rápidamente a sus protagonistas, el quirófano parece la única alternativa para mantenerse en la cresta de la ola. Algunas, como Jennifer Connelly o Nicole, se lo han tomado al pie de la letra y comienzan esta carrera sin tregua antes de cumplir los cuarenta. Robert Redford se ha apuntado tarde y esperemos que Clint Eastwood no lo haga nunca porque echaríamos de menos esos ojos entrecerrados y esa cara como un mapa fluvial.
El propio Clint decía que muchas veces no podía evitar exclamar "pero tío, qué cojones te has hecho" cuando se encontraba con algún amigo o compañero de profesión que había estado bajo el bisturí. Realmente hay casos terribles, rostros hermosos o carismáticos estropeados por la obsesión por la piel tersa y suave.
Puede parecer que las arrugas son la principal razón para someterse a una operación, pero nada más lejos de la realidad. Las adolescentes quieren implantes, más labios, una nariz diferente, menos caderas, otros ojos... la lista es interminable y el resultado, nunca satisfactorio. Ahí tenemos a Lindsay Lohan, por decir una, con menos de veinte años y pasando de un tipo saludable con unos pechos descomunales a una delgadez extrema en tan solo un año. Sin ayudas externas, se supone.
La salud es secundaria, eso es lo primero que se aprende. El botox es el derivado de la toxina del botulismo y su "efecto lifting" es la parálisis que el veneno (uno de los más letales del mundo) provoca en los músculos faciales. Pero mientras sirva para eliminar las patas de gallo, ¿qué importa? Igual que ocurre con los implantes de silicona, cuyos efectos a largo plazo todavía se discuten, pero siguen usándose en Europa, mientras en EEUU curiosamente no se atreven a volver a comercializarlos. O el colágeno, que ha convertido los labios de muchas actrices y modelos en una galería de horrores.
Detrás de todo esto puede haber muchas razones, desde la competitividad del medio, sea el que sea, a la búsqueda de la "vida eterna", pero en definitiva todo se reduce al desenfrenado culto al cuerpo que rinde nuestra sociedad. Los jóvenes altos, guapos y delgados se llevan el gato al agua, consiguen los mejores papeles, convencen más, en resumen, tienen éxito. Esta asociación se convierte para los "mortales", que somos la mayoría, en una trampa que puede resultar tremendamente destructiva tanto en lo físico como en lo mental.
Es irónico que a través de las películas, series, libros o revistas se intente transmitir la idea de que "lo que importa es lo de dentro" mientras los que ponen cara y voz a este mensaje nos miran con sus rostros de plástico, recordándonos lo que hay que hacer para llegar a lo más alto.

