Tesoros de segunda mano
Ordenando la pila de libros que amenaza con derrumbarse sobre mi mesa, me he dado cuenta de que la mayoría los compré en alguna de las tiendas de segunda mano que hay en mi ciudad, verdaderas "islas del tesoro" donde buscar lo que otros han dejado de considerar útil.
Entre los títulos que tengo a la vista hay verdaderas joyas como "El Nombre de la Rosa", que uno se pregunta cómo pudo acabar siendo vendido al peso junto con manuales de reparación del automóvil y revistas viejas.
Cómics, discos, juegos... visitar estos lugares es un ejercicio de nostalgia garantizada y una demostración clara de cómo el ser humano se mueve por modas. Obsoleto era una palabra que antes aplicábamos a lo que tenía años de antigüedad y ahora es suficiente con unos pocos meses.
Yo no me quejo, con lo escaso de mi presupuesto no puedo permitirme novedades editoriales, así que me compensa esperar un tiempo y comprar por unos pocos euros lo que otros desechan. La política de precios de las tiendas de segunda mano es muy curiosa: si es nuevo y con tapa dura es más caro, aunque sea una obra de ínfima calidad, pero si es un volumen en tapa blanda y con unos años encima, su precio cae hasta extremos ridículos. Todavía recuerdo ese "Pelham 1, 2, 3" que compré por cincuenta céntimos, o "La Odisea" por un euro.
Y ya que hablamos de clásicos, estas tiendas también son lugares perfectos para buscarlos, sobre todo si tenemos en cuenta que no abundan en ninguna librería, invadidas de best-sellers. Las ediciones no suelen ser demasiado buenas, pero el contenido es lo que importa.
Como en todo, en las tiendas de segunda mano también hay clases. Sólo en mi ciudad conozco cinco y en cada una tanto el material como los precios son diferentes. Las hay que guardan un perfecto orden y se detienen a etiquetar cada objeto. En otras hay montañas de cosas formando casi un laberinto, todo está en cajas, lleno de polvo o cayéndose a pedazos. Alguna parece que solo tiene de segunda mano el nombre, porque ni lo que se vende ni sus precios cuadran con esa definición.
Cuando uno se acostumbra al sitio y lo conoce, ya va desarrollando sus manías. Explorar las mesas en un orden determinado, ignorando aquellas en las que nunca hay nada interesante, curiosear en las cajas debajo de las mesas para ver lo que el dueño todavía no ha colocado, mirar por encima de la primera fila de libros en las estanterías, porque a veces hay más amontonados al fondo... . Mi truco favorito, aunque esté mal decirlo, es esconder los más interesantes para que nadie se los lleve antes que yo.
Lo mejor es que el esfuerzo de sus frutos y volver a casa con algo excepcional bajo el brazo, porque nada iguala la satisfacción de una búsqueda con éxito.

