Es pecado tener más de 40
Descubrí mi vocación cinéfaga a temprana edad, cuando mi padre observaba con estupefacción como un retaco de 5 años le arrebataba el periódico a la velocidad de un meteorito. Lo que mi padre descubrió más tarde es que yo empezaba el diario por el final, para encontrar lo más rápidamente posible la página donde se reseñaban las películas que la televisión (entonces solo había una) emitiría ese día. Por aquella época mis entendederas no llegaban a descifrar los crípticos párrafos escupidos por la pluma de algún crítico avinagrado (es un tópico, lo se, pero qué gran verdad), así que me guiaba por las dichosas estrellitas.
Así, en mi infante inocencia (jamás metí petardos en el inodoro), descubrí que Umprey Bogart no era hermano de Jamfri Bogart, y que Hughes y Hawks no eran el mismo Howard. Yo soy de la generación de los viernes y sábado cine, de las sesiones de tarde conquistadas por indios y vaqueros, y de los clásicos en blanco y negro que emitía La 2 en versión original más allá de la hora bruja. Mi magnetoscopio Saba se portaba como un titán. Ya sábeis, el que sabe, Saba. En mi caso fue, los que no pueden Sony, se joden.
Por supuesto, gran parte de las películas que se emitían en esos espacios eran americanas. Si queréis que especifique, procedentes del pais del Gran Cañón (como todo el mundo sabe, la casa de John Wayne). Así que más que un amante del cine en general, me considero un fanático del cine americano. Quizás lo que uno vive con pasión en su infancia lo sobredimensiona en la memoria. No es que reniegue de otras cinematografías. Algunas de mis películas favoritas son europeas (Rufufú, Ojos negros, El cebo, Amelie) o sudamericanas (Un lugar en el mundo). Pero cada vez que mi economía me obligaba a tomar una decisión ante la marquesina, la mayor parte de las veces me inclinaba por los USA. Uno crece, cambia, evoluciona, y con los años amplías tus miras (no demasiado, no quiero convertirme en un sosías de Marty Feldman), pero siempre he seguido muy de cerca las novedades que ofrecía Hollywood.
Una de las razones más poderosas de mi fijación con el cine del Imperio del dólar, son las actrices. Bellezas que se han incrustado en mis retinas, de las que me he enamorado 1000 veces, cuyos rostros han empapelado mi dormitorio, carpetas de estudio y hasta sueños de romances imposibles. Como no es muy recomendable enamorarse de mujeres muertas, el cine americano contemporáneo me proporcionó, afortunadamente, un relevo de las Ava, Audrey, Rita, Grace, Gene, Susan, etc. Así pude mantener esperanzas de que algún día, Michelle (por ejemplo) abriera los ojos y se diera cuenta de que el baboso de David E. Kelley no es más que un mediocre, y además muy feo, y que su gran amor, el verdadero, espera en un remoto lugar de la piel de toro. Ay, no se si era más inocente de crío o ahora.
Durante los 80 y los 90 me deleité con la hermosura y, en la mayoría de las ocasiones, buen trabajo, de Jodie Foster, Michelle Pfeiffer, Madeleine Stowe, Susan Sarandon, Sigourney Weaver, Elisabeth Shue y tantas otras. Estas mujeres, que disfrutan de una madurez espléndida, estando más guapas y siendo mejores actrices que nunca, se ven relegadas en la moderna Babilonia del nuevo siglo, a mendigar subproductos o a escatimar sus apariciones en la gran pantalla, debido al erial en el que se ha convertido Hollywood. Siempre fue jodido encontrar buenos papeles para las actrices americanas cumplidos los 40. Pero que yo recuerde, nunca se ha vivido una situación semejante. Como si se pudiese desperdiciar el talento en los tiempos que corren.
Pero la vida, el cine (¿hay diferencia?) es así. El público cambia, y ahora los que se dejan los cuartos en taquilla son los adolescentes. Si quieres triunfar hoy en día, más te vale ser una púber anoréxica, con buenas tetas, eso sí. En todo caso, cualquier problema con la parte delantera de la anatomía femenina se puede arreglar previo paso por el quirófano, o en su defecto, y si la interesada se resiste, el Photoshop y los efectos especiales hacen maravillas.
La tiranía del aspecto físico (digo bien, porque parece haber solo uno adecuado) ha obligado a muchas de estas actrices maduras a depender del botox. Algunas se niegan a modificar su aspecto y dicen preferir envejecer con dignidad, como Cate Blanchett (aún es joven, pero tras el segundo parto, un ejecutivo la encomendó a San Bisturí). Otras, han convertido su rostro en un mapamundi de las clínicas estéticas de California, mutando su gesto en una mueca de lo más desagradable (pienso en Goldie Hawn). Supongo, como dije más arriba, que las cosas son así. Que el oficio de interpretar, cuando se llega a cierto nivel, conlleva pagar ciertas deudas. Y eso, joder, es una mierda. Para que se me entienda.
Cuando pienso en casos como el de Rita Hayworth, a la que se sometió a una metamorfosis en ocasiones dolorosa, llego a la conclusión de que si las quiero será por algo más de lo que uno ve tras una sesión con los mejores maquilladores, estando iluminada maravillosamente por un camarógrafo que, igual, está tan enamorado como yo.



javier dijo
que buen relato.
1 Junio 2005 | 03:48 PM