Categoría: Televisión
14 Octubre 2006
Llevo un par de semanas siguiendo un programa de La 2 que en sus comienzos me pareció original y con un planteamiento interesante: Carta Blanca. Se trata de un espacio de entrevistas basado en una idea de Santiago Tabernero y cuya peculiaridad es que el conductor es diferente cada semana y siempre perteneciente al “mundo cultural” español. El anfitrión es el que decide a quién llevará, los temas que tratará, la música, el decorado... . Algunos de los elegidos serán (o han sido, porque no estoy seguro de si se trata de una reposición) Elvira Lindo, Rafael Amargo, Sergi Arola, Alaska, Escohotado, Juan Tamariz, Jodorowsky, Ray Loriga y Lucía Etxebarría. Supongo que la intención es acercarnos al mundo particular de cada uno y evitar que el espacio en antena se lo lleven los políticos o artistas de siempre, porque algunos parecen abonados a las poltronas de TVE.
Dije que en sus comienzos el programa me pareció interesante porque después de un par de entregas he tenido que reconocer la realidad, la cultura en España sufre del “síndrome del cultureta” y de una tendencia terrible a mirarse al ombligo. Los ejemplos que he tenido oportunidad de ver, Ray Loriga y Lucía Etxebarría, me lo han confirmado. Hay que ser muy gafapasta para que no se te enarquen las cejas al ver lo que estos autores consideran contenido relevante para sus programas, o para cualquier programa, porque supongo que mostrarán lo que a ellos les gustaría ver en pantalla. La disculpa que se me ocurrió inicialmente no es muy buena: que Carta Blanca es el equivalente de un blog en televisión, libre y personal, (y de ahí el título de este post). Eso no es excusa desde el momento en el que nos damos cuenta de que el medio en el que están puede llegar a millones de personas y es un servicio público, pagado por todos.
Mientras Loriga hacía su tercera referencia a Dylan, captada al azar y haciendo zapping, que ya tiene tela, me paré a pensar por qué nuestro país está lleno de amagos de intelectuales que se suben a hombros de gigantes para todo. Desde escritores con repetitivas y vacías referencias proustianas a directores de cine que no se cansan de decir que en el extranjero les tratan mejor que aquí, en su supuesta casa. Pasando por actores que alardean de sus años de movida politoxicómana como si fuese su mayor mérito (probablemente lo sea), novelistas que hacen de cualquier causa (lo progre, el feminismo) su bandera, músicos que copian estilos ajenos sin entenderlos o directamente se autoplagian hasta el infinito... . Y luego se quejan de que no reciben el reconocimiento o el apoyo que merecen, preferiblemente en forma de subvenciones. Nadie es profeta en su tierra, amigos, y mucho menos si se le ve el plumero, la pose, o simplemente la caradura y la estupidez, a la legua.
Así que ahí estábamos, con Marlango en escena, jugando al jazz fusión con chica guapa con gesto de timidez y que canta bajito, porque bajito y en susurros, como todo el mundo sabe, es más “cool”. Después vino Cristina Rosenvinge, tan lánguida ella. Qué tiempos aquellos cuando todavía sonaba en Los 40... y yo que ya pensaba que había desaparecido del panorama musical. “El Regreso de los Muertos Vivientes”, pero en formato de pop sensible ¿o será rock? Ya no recuerdo que estilo tocaba esa chica, ni lo quise averiguar. Quedaba claro que para Ray Loriga hacer un programa relevante, ya que le daban la oportunidad, era llevar a su novia, a sus compañeros de trabajo (ha dirigido a Leonor Watling en una película recientemente), a sus colegas, etc. Como diciendo “qué interesante es todo lo que hacemos, que poco 'indie' el resto”, ombliguismo puro y duro. Lo que es muy revelador es alguien así, tan autoconsciente, por no decir egocéntrico, no se atreva a usar sus propias palabras para expresarse y recurra una y otra vez a citar a sus ídolos. Puede que sea porque a pesar de todo, debajo de esa elegante capa de escritor maldito y desafectado, se da cuenta de su vacío y su falta de reflexiones propias.
Con el zapping aplacé “Carta Blanca” hasta la semana siguiente.
Y siete días después, como Venus surgida de las aguas (un acontecimiento mediático de tal calibre que llevaba tiempo anunciándolo en su blog), apareció Lucía Etxebarría, última de mis némesis. No sabría explicar los motivos del desagrado o desengaño que me provoca en pocas palabras, hay gente que se me queda atravesada y ya no la puedo mover de ahí, será por su personalidad, por su actitud en sus apariciones públicas, por las acusaciones de plagio, quién sabe. Merecería un artículo para ella sola y quizá lo escriba en breve. Es curioso que cuantas más obras suyas (o sobre ella) lea uno más difícil resulte tomársela en serio. A Etxebarría la he comprado, regalado e incluso recomendado a lo largo de los años y resulta paradójico que ahora cualquier referencia suya me haga querer cambiar de canal con rapidez. Pero en aras de hacer un estudio contrastado, allí me quedé.
Ese “Carta Blanca” me pareció un programa con pretensiones feministas, y digo eso porque creo que alguien confunde los términos. Seguramente seré yo, con mi punto de vista masculino, o mejor, machista del lenguaje. Me resultó muy peculiar la entrevista a Chenoa, en la que se hizo un repaso del trato que se le da en los medios y se airearon hipótesis sobre por qué no triunfó en el concurso que la lanzó a la fama... en teoría por su actitud de “mujer echada palante”. ¿Qué se sacaba en claro de ahí? ¿Que hay que ser como ella? ¿Que España es un país machista? Me da la sensación de que aquí se olvida del tipo de programa que es OT y los valores que fomenta.
Marie France Hirigoyen, psiquiatra francesa que ha publicado varios libros sobre el acoso moral, también respondió a las preguntas de la escritora. Merece la pena ver cómo la presenta ella en su blog (la cita es literal, la falta de mayúsculas también):
¿ sospechas que tu jefe no es solo un simple cabrón sino un psicópata? ¿ que el victimismo de tu madre no es amor de tal sino acoso moral? ( qué bonito pareado) ¿ que no es que tu novio sea un pelín celoso sino que te maltrata psicológicamente?
Aquí es oportuno decir que yo soy de los que opinan que cuando se toma un fragmento de otro autor hay que destacarlo para evitar que parezca que es algo nuestro. Porque es mucho morro hacer un "cortar y pegar" y luego hablar de intertextualidad. Aparte de eso y volviendo a Carta Blanca, según la página web de Lucía me perdí un monólogo de Silvia Abascal, a Ana María Matute contando la historia de su vida y a Silvia Marsó parodiando a Ana Obregón. Que suerte tuve, eso ya sería demasiado. Y nos preguntamos por qué este programa tiene un 3% de cuota de pantalla (y el de Loriga, un 1.5%).
En fin, señores de TVE, la idea de dar la oportunidad a presentadores atípicos de crear sus propios programas a medida es buena, no lo dudo. Pero que sean nuestros artistas y clase intelectual, o pseudo-intelectual, es una decisión pésima, porque está visto que no saben mirar más allá de sus narices. Y lo que es peor, se vanaglorian de ello, aprovechando cualquier oportunidad para hacer alarde de su falta de horizontes, incluso sabiendo que hay miles o incluso millones de personas contemplándoles desde el otro lado de la ventana televisiva. Menudo desperdicio de tiempo, dinero y oportunidades.
servido por nocheenlaciudad
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2 Abril 2006
Hace cosa de medio año, quizá un poco más, un anuncio llamó mi atención en un canal por cable. En él un hombre con bastón y cara de pocos amigos miraba a la cámara mientras de fondo sonaba el tema "Teardrop" de Massive Attack. La escena se me quedó grabada: en ella una chica, enferma terminal, le reclamaba su derecho a morir con dignidad. Sin vacilar, el hombre clavaba sus acerados ojos azules en ella y le respondía algo como: "No se muere con dignidad, se vive con dignidad". Era el doctor House, y ese, el comienzo de su leyenda.
Recuerdo que me impresionó tanto su seguridad y la claridad de su razonamiento, expresado en menos de una docena de palabras, que decidí usarlo como base para un post sobre la eutanasia. Finalmente lo descarté (no estaba de humor, y menos lo estoy ahora) pero sabía que se me quedaba una deuda pendiente. Intentaré solucionarlo.
Reconozco que al principio pensé que House era una serie más de médicos, mezclada con ese "aspecto CSI" del que nadie se libra hoy en día. Me equivoqué. La catalogué como una de tantas del género de hospitales, con algo de humor ácido... y me equivoqué también. Quizá sería mejor resaltar sus puntos fuertes, y dejar de intentar etiquetarla. Tenemos el trabajo de sus protagonistas, sus conversaciones cargadas de tensión, enfrentamientos, ironías, dobles sentidos, la forma en la que han ido creciendo los personajes capítulo a capítulo... . Todo es mérito de los actores y sobre todo de los excelentes guionistas, que quizá sean algo repetitivos en cuanto a argumentos, pero dominan el arte de escribir buenas líneas de diálogo.
De eso, de los argumentos, poco se puede decir. Alguien la ha llamado "el Equipo A de doctores", porque su estructura casi siempre va cortada por el mismo patrón: paciente con enfermedad inexplicable, diferentes diagnósticos erróneos, investigación y finalmente solución a cargo de nuestro querido doctor, al que todos odian. Qué importa que se repita mientras sigamos teniendo al gran Hugh Laurie (actor y cómico de carrera) descargando su lengua como un látigo sobre cualquiera que se cruce en su camino.
Podemos preguntarnos ¿es el imparable verbo de House el que mantiene todo el tinglado? ¿Sería igual sin en vez de médicos fuesen historias de abogados o policías? Probablemente el tono y las verdades como puños podrían mantenerse, pero el contacto "persona a persona" da muchos alicientes. La idea de que no sólo se solucionan problemas sino que se salvan vidas hace que ese huraño y despiadado doctor pueda acogerse al viejo dicho de "el fin justifica los medios". A la larga, para sorpresa de todos, resulta ser él el más sensible y centrado en los pacientes.
House ha ido evolucionando con el tiempo, dotándose de profundidad y personalidad, dando sentido y antecedentes a su cinismo y su humor negro. Ha adquirido toda una dimensión humana convirtiéndose en ese cabrón simpático que cuaquiera querría conocer y nadie tener en contra. A medida que su historia personal se va revelando (el final de la primera temporada, memorable), descubrimos el porqué de su cojera, su evidente lesión física y su no tan evidente lesión emocional. Comprendemos el motivo de que se escude en palabras hirientes y puñados de calmantes para no volver a sentir dolor. Nos cae bien, qué narices. Y estamos deseando que les dé su merecido a esos estirados de la bata blanca.
servido por nocheenlaciudad
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14 Febrero 2006
Vivimos una época en la que la cocina está en alza en televisión. Y no lo digo por el "reality show" que ha estrenado Tele 5 recientemente sino porque es una realidad que la mayoría de las cadenas terminan apoyándose en los programas con cocineros para llenar las horas clave de su parrilla. Nada de presentadoras estrella de magazines mañaneros con sueldos millonarios, ni shows nocturnos con humoristas y tertulianos. Pucheros y fogones tienen un encanto especial que seguramente se enraiza en las más básicas pasiones humanas: comer, beber, amar.
Esta reflexión surge a raiz de mi descubrimiento la semana pasada de "Oído Cocina", en el canal Cuatro, un proyecto (porque decir programa se queda corto) que consistía en escoger a quince personas de pasado difícil y enseñarles a cocinar. El objetivo final era abrir un restaurante cuyos beneficios serían usados por la ONG Intervida en obras sociales. Tuve la suerte o la desgracia de toparme con el último capítulo y reconozco que me dejó buen sabor de boca y cambió mi concepción de la "realidad televisiva". Quizá haya quien no encuentre atractivo ver a jóvenes anónimos trabajando para intentar mejorar sus perspectivas de futuro, pero se sale de la tónica de la televisión de hoy en día. El resumen de todos sus días de aprendizaje, con sus buenos y malos ratos, me emocionó y me alegré al saber que la experiencia había tenido éxito. Una buena razón para no perdérmelo si lo vuelven a poner en marcha.
La cocina apela a instintos muy básicos, sobre todo, es evidente, al que nos mantiene con vida: alimentarnos, pero no es para nada algo simple. Las cazuelas y las sartenes tiene sus misterios, rituales que repetimos como mínimo un par de veces al día y de los que nadie se salva. Podemos perdernos las últimas novedades del panorama político (una suerte) o quedarnos sin nuestra ración diaria de deportes, pero el baile de ingredientes, con sus tiempos y cantidades, y esas transformaciones casi alquímicas que son hervir, cocer o saltear, están siempre ahí. Recordándonos que a fin de cuentas, lo que importa son otras cosas.
En el canal Cocina, otra de mis paradas obligadas, saben muy bien que hay tantas maneras de hacer las cosas como personas en el mundo, y se encargan de mostrarlo. La comida es algo ligado al hogar, pero también un aliciente más de los viajes que hacemos. Es tradición de recetas centenarias y a la vez experimentación y vanguardia, pensada para una mesa entre amigos o para los más elitistas hoteles y restaurantes. Puede llevar su tiempo, días enteros, o resolverse en los quince minutos que tenemos entre que vamos y venimos a la carrera del trabajo.
Se establece una conexión entre los que la preparan, todos nosotros en realidad, mejor o peor, y los que la disfrutan. Aunque esos papeles siempre terminen por alternarse. Es un acto social (o incluso emotivo, y aquí estoy pensando en "Como agua para chocolate") en el que caben las opiniones, se intercambian secretos, se presta atención al consejo de los expertos, que acaban siendo algo a medias entre confidentes, artistas y maestros, y se añade un toque propio porque ¿para qué hacerlo igual? Si no sale bien tendremos miles de oportunidades para volverlo a intentar. Al final la cocina la hacen y la viven personas, y ese es para mí el secreto de su éxito.
servido por nocheenlaciudad
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2 Febrero 2006
Cuando era un retaco escuchimizado mi madre encontraba serios problemas para hacerme engullir los brebajes y experimentos culinarios que paría en la cocina. No me malinterpretéis, mi progenitora es y ha sido siempre una excelente cocinera, lo que pasa es que yo era un melindroso. Mi médico de cabecera sempre me decía que yo no comía con la boca sino con los ojos. Aquello que ante mi exigente escrutinio visual no pasaba del "bleaaagh" tenía prohibida la entrada a mi aparato digestivo. Esto provocaba un estado de desesperación en mi madre que se verbalizaba en la ya mítica frase "este niño no me come".
Ante su sorpresa encontró la solución donde menos lo esperaba. A su ayuda acudió un monstruo de color azul obsesionado con las María Fontaneda, que engullía al grito de "¡¡Galletaaaaaaas!!". Triki, el monstruo de las galletas, había hecho su aparición en mi vida. Era ver aquel peludo muñeco de trapo y quedarme embobado. Lo que hacía él lo copiaba yo. Tamaño descubrimiento provocó que cada tarde mi madre me plantara cual ficus delante del televisor y aprovechara aquellos pocos minutos para alimentarme. Claro que de la merienda estaban desterradas verduras, legumbres y otros "bleaaagh". Ese era un momento para ¡¡el pan con chocolateeee!! (señor qué tiempos aquellos...)
Pero Triki no era lo único que me llamaba la atención. Me fascinaban desde el primero hasta el último de aquellos muñecos que para mi tenían más vida y eran más reales que muchas de las personas que conocía. Seguía con expectación las aventuras de Coco y su fiel Jaca Paca; la relación imposible entre Gustavo y Miss Piggy; aprendía el abecedario cantando a los Beatles; ponía los ojos como platos con cada aparición del bicho bicéfalo que no paraba de repetir "bip bip humaaanooo"; me desternillaba con Linda Mirada y el Profesor Armonía; admiraba más que a cualquier profesor al Conde Draco por enseñarme a contar; canturreba todos los días aquello de "un dos tres cuaaaatro cinco seis siete ooochooo nueve diez once doooceee". De hecho, los personajes españoles (Espinete, Chema el panadero y compañía) y sus andanzas suponían una interrupción. ¡¡Yo quería ver a los muñecos!! ¡¡Despejad la pantalla, mamelucos!!
No os podéis imaginar la influencia que han tenido en mi vida Barrio Sésamo y sus teleñecos. A mi edad, y ya paso de los 30, aún conservo gestos fotocopiados de aquellos benditos personajes, algo de lo que pueden dar fe mi gran amigo Roberto y mi niña guapa. En esos momentos de una discusión en los que uno pretende con su vehemencia imponer su criterio, mi cuerpo empieza a generar una serie de movimientos espasmódicos que más que convencer al contrario, le provocan un irrefrenable ataque de risa: "Juaaassss, pareces Coco".
En mi etapa escolar, un compañero y yo organizábamos pases para nuestra particular saga familiar. El interpretaba a tres miembros de una especie de familia Trapisonda y yo a otros tres. Nos colocábamos tras los pupitres ocultando los brazos a la vista, moviendo únicamente el tronco, como si fuéramos hermanos de sangre de la rana Gustavo. Jamás, y digo JAMÁS, he sentido con cualquier otro personaje u obra de ficción lo que he sentido viendo los programas que protagonizaban esas criaturas. Y os lo dice un fanático del cine y la literatura. Pero la sensación de inmensa felicidad qe me provoca tan solo el recordarlos... eso es impagable. Crecí y llegué a la adolescencia viendo una y otra vez programas repetidos de Barrio Sésamo. Mientras mis compañeros alucinaban con nuevas series como "V", "Los caballeros del zodiaco" o la puñetera "Bola de dragón" a mi se me saltaban las lágrimas de la risa con un solo gesto de SuperCoco.
No fue hasta varios años después que descubrí el nombre de la persona que había hecho posible con su imaginación tantas horas de inagotable disfrute. El genio que daba vida como un mago y que hacía tan creíbles a unos "simples" muñecos de trapo: Jim Henson. Nacido en un pequeño pueblo de Mississippi en 1936, Henson se mudó en la decáda siguiente a un suburbio de Maryland, donde su padre, un agronomista, había encontrado trabajo. Estando en el instituto Henson se enamoró de la televisión, obsesionado por la idea según sus propias palabras, de que lo que veía a través del aparato estaba sucediendo al mismo tiempo en otro lugar. Justo antes de entrar a la universidad, Jim se enteró de que una cadena local estaba buscando a alguien que manipulara muñecos para un programa infantil. Aunque entonces no estaba muy interesado en ellos, sus ganas de conocer el medio televisivo le impulsaron a fabricar un par de muñecos con la ayuda de un compañero y ambos fueron contratados.
Un año después se pasó a la NBC donde consiguió su propio espacio, de apenas 5 minutos, llamado "Sam and friends", en el que se incluía una primera versión del reportero más dicharachero de Barrio Sésamo, la rana Gustavo, que entonces se parecía más a un lagarto. El mítico muñeco, la creación más querida por el propio Henson, nació del cruce de un viejo vestido materno con una bola de ping-pong. El programa se emitía en directo dos veces al día y se prolongó en antena durante 6 años, en los cuales Henson conoció a una asistente llamada Jane Nebel con la que se casó (y tuvo 5 hijos).
Fue en esa época cuando Henson adquirió su estilo inconfundible y evolucionó el mundo de las marionetas con hallazgos que hoy parecen muy sencillos. Uno de sus descubrimientos fue darse cuenta de que no necesitaba esconder a los marionetistas detrás de alguna estructura cuando estaban delante de la cámara. Lo único que había que hacer era enfocar a los muñecos, dejando fuera del fotograma a los operarios. De esa manera los muñecos dominaban completamente la imagen y parecían más reales. El otro gran hallazgo fue mezclar las técnicas clásicas del arte de las marionetas con los muñecos. Las marionetas de toda la vida tenían una estructura sólida y sus movimientos eran bruscos. Pero la rana Gustavo tenía una cabeza móvil y podía sincronizar sus labios con las palabras y gesticulaba con más facilidad que una marioneta gracias al material con el que fue concebida, mucho más manipulable.
A lo largo de la década de los 60 Henson y sus creaciones fueron adquiriendo más popularidad, realizando apariciones en algunos de los shows más famosos de su época y protagonizando varias campañas de publicidad. Mientras, Jim experimentaba en el campo fílmico y su cortometraje "Time piece" era nominado al Oscar. Pero lo mejor estaba por llegar justo al final de la década del hippismo. El grupo Children´s Television Workshop comenzó a trabajar en un revolucionario programa infantil que iba a ser bautizado como "Sesame street". Henson fue contratado por la creadora del show, Joan Ganz, proporcionando el toque de genio que convirtió ese espacio en el programa más famoso de la historia de la televisión mundial. Henson siempre se sintió incómodo recibiendo todos los elogios por la elaboración de "Barrio Sésamo", pero según la propia Ganz "Jim fue el Chaplin, Mae West, W.C. Fields y los hermanos Marx de nuestra época".
Entonces Henson fue encasillado como un hombre de entretenimiento solo para niños, algo que le molestó siempre. Lo curioso es que a pesar del enorme éxito de "Sesame street" ninguna cadena estadounidense le ofreció un show propio. Fue un productor británico llamado Lew Grade el que le daría la oportunidad, financiando "The muppet show", donde hicieron su primera aparición Miss Piggy, Gonzo y el oso Fozzie. La rana Gustavo condujo el programa a modo de maestro de ceremonias durante 5 temporadas, tras las cuales Henson canceló el espacio al considerar que su calidad había descendido. Actores, músicos y famosos en general acudían cada semana como invitados. En su momento de mayor esplendor, "The muppet show" fue visto por casi 250 millones de espectadores en todo el mundo. El programa tuvo un revival en los 90, con invitados como Michelle Pfeiffer cabreando a Miss Piggy con su belleza y regalando sketches inolvidables como el concierto punk protagonizado por una banda compuesta por... patatas, que terminaban convertidas en puré. Irrepetible, me mondo recordándolo.
Contrariando a los que sostenían que sus protagonistas fracasarían si fuesen llevados a la gran pantalla, Henson realiza "The muppet movie" en 1979. La película se convierte en un taquillazo y ya no hay quien le tosa. Henson traspasa las categorías y encasillamientos. Se le considera un creador nato, un genio del entretenimiento más allá de barreras impuestas por la edad, raza o condición. La recaudación de la película allanaría el camino de posteriores producciones como "Cristal oscuro", que se gestó a lo largo de 5 años, y "Dentro del laberinto", con una Jennifer Connelly que ya provocaba sueños húmedos a nuestra generación.
Sus éxitos en el mundo del cine no le apartaron de la televisión. A los maltratados 80 les debemos clásicos como "El cuentacuentos", ya homenajeado por Roberto en un post anterior; una serie animada protagonizada por Gustavo, Miss Piggy, el irrepetible Animal, Fozzie y compañía; y los inolvidables, maravillosos Fraguel, serie que adoro casi por encima de cualquier cosa. ¿Hay alguien aquí que no se sepa la letra de su tema principal? ¿Hay alguien que no se postre ante creaciones geniales como la montaña de basura? En esos años también alumbró la Jim Henson Foundation, entidad destinada a promocionar y desarrollar el arte de las marionetas en Estados Unidos, y la Jim Henson´s Creature Shop, que aún hoy en día es considerada la más avanzada en la creación de criaturas para películas.
Jim Henson nos dejó en 1990, víctima de una neumonía cuyo padecimiento ocultó a su familia y amigos porque no quería ser una carga para nadie. Cuando se decidió a solicitar ayuda médica, ya era demasiado tarde, falleciendo la misma semana en la que iba a vender su compañía a la todopoderosa Disney. A su funeral acudieron alrededor de 1000 personalidades (y teleñecos, por supuesto), con Harry Belafonte cantando "Turn the world around", su canción favorita. Cuando pienso en ello, no puedo evitar acordarme de la fantástica escena de la boda en "Love actually", cuando se van levantando los músicos ocultos por toda la iglesia e interpretan "All you need is love". Esa escena está basada en la propia boda de Henson, en la que sus muñecos fueron apareciendo por doquier cantando para su creador el tema de los Beatles.
Partiendo de la base de que todos tenemos debilidades, de que el axioma "Nadie es perfecto" estará siempre vigente y que no es muy saludable idealizar a una persona, no se me ocurre a nadie que haya hecho tan felices a tal cantidad de gente a lo largo y ancho de todo el planeta. Si su obra ha calado tanto no es solo por su contagioso optimismo y por la trasnmisión de valores positivos. En manos de cualquier otra persona eso se habría convertido en cursi. La valía de Henson está en transmitir esos valores de la manera más realista posible. Sus muñecos no eran ñoños sino irónicos, satíricos. Epi y Blas siempre estaban discutiendo; Miss Piggy era vanidosa y caprichosa; la rana Gustavo sufría decepciones que la sacaban de quicio... por eso resulta más fácil aceptar su dulzura, bondad y optimismo; porque detrás del trapo late un corazón tan grande como el que más. Hacer eso posible no es una labor de genio, es un milagro. Como dijo una vez un crítico de Time Magazine: "Lo que vivimos de pequeños nos marca tanto que es posible que Henson tenga tanta importancia en este siglo como en el anterior, porque sus espectadores crecen llevando consigo su visión".
servido por nocheenlaciudad
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26 Enero 2006
"La teoría más pura del documental es ser una mosca en la pared", según las propias palabras de una de las realizadoras de "La Sierra", el descarnado retrato de la violencia en Medellín rodado durante un año en el barrio del mismo nombre. A través de las experiencias de tres adolescentes nos acercamos al conflicto entre paramilitares que se recrudeció especialmente durante el 2003 y dejó un reguero de victimas, incluyendo a uno de los protagonistas.
Acostumbrados a conocer la guerra de forma despersonalizada, sin nombres ni apellidos, sin ver la cara de los que matan ni de los que mueren, resulta impresionante compartir durante meses la experiencia vital de una persona para verle finalmente tirado en la calle, acribillado a balazos por la policía. Pero también es igualmente impresionante conocer la sangre fría con la que asumen sus destinos, la necesidad de llevar armas, de hacerse mayores de forma apresurada (el protagonista era padre de seis hijos con varias chicas diferentes, todas quinceañeras).
Uno se imagina lejos esos lugares y a esa gente, o prefiere verlo así. Pero por desgracia "La Sierra" me recordó a otro reportaje, de hace años, sobre la guerra en la antigua Yugoslavia. En él se hacía un repaso a datos como que Sarajevo fue en 1984 sede de las Olimpiadas de Invierno, o se entrevistaba a algunos de los combatientes, que antes del conflicto llevaban vidas normales como panaderos, taxistas o barrenderos.Esas cosas son las que hacen que veas de forma muy relativa, y agradecida, el entorno en el que vives.
La violencia en ese grado es algo que tenemos la suerte de no sufrir salvo contadas excepciones, por ejemplo la del terrorismo. Es fácil olvidar que no siempre ha sido así y que aunque mi padre nunca ha tenido que empuñar un fusil, su padre, mi abuelo, si que tuvo que hacerlo y en las condiciones más crueles posibles, las de una guerra civil. Me gustaría saber si en su momento ellos lo vieron venir de una forma clara o también estaban convencidos, como nosotros, de haber desterrado el odio visceral y fratricida. ¿Lo pensaban en La Sierra o en Yugoslavia?
Echando la vista atrás sólo cien años el panorama no es muy alentador, dos guerras mundiales y multitud de otras salpican el calendario de aniversarios terribles hasta llegar a nuestros días. La "paz" parece un invento tan reciente como la televisión y reservada para pequeñas zonas que la conservan más por razones económicas que por cualquiera de índole humanitaria. El mayor impedimento actual para la III Guerra Mundial sería el coste para las multinacionales, no el de vidas humanas. En todas partes sigue habiendo personas dispuestas a matar, con ganas de tirar de un gatillo o pulsar un detonador.
Quizá la situación de los paramilitares de Medellín, que nos parece tan ajena, sea realmente la normal de la condicion humana, el pequeño oasis en el que vivimos un espejismo efímero antes de la próxima debacle y nosotros mismos, potenciales víctimas o verdugos. Luchemos para no serlo.
servido por nocheenlaciudad
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9 Enero 2006
Hace poco leí en alguna parte una frase que me resultó curiosa: "Todo era más fácil cuando no había nada interesante en la tele". Se refería a que con la oferta actual de series, resulta complicado hacer un horario para verlas todas, el día tendría que tener 36 horas y aun así se nos quedarían la mitad fuera.
Reconozco que hubo una temporada en la que no programaban nada que me interesase, o peor, lo hacían a horas en las que ya estaba en el séptimo sueño. Yo mismo criticaba esa situación en otro artículo no hace demasiado: hacer zapping se había convertido en un paseo por el desierto de la falta de creatividad.
Ahora con los varios CSI, Perdidos, Los 4400, Caso Abierto, Roma, o Sin Rastro (y eso sólo en la televisión pública) puedes terminar desbordado. Se acabó aquello de ver Expediente X y apagar el televisor. Un lunes cualquiera puedes pasarte varias horas seguidas en las que se te olvida cenar siguiendo a Grissom y a Horatio de casino en pantano en busca de pruebas.
Probablemente esa mala época de las series coincidió con los 90, aquellos maravillosos años. Si alguien recuerda algo bueno de entonces, que me eche una mano. Yo tengo en mi memoria títulos que creo que son anteriores, de los legendarios 80 e incluso 70: McGyver, V, Canción Triste de Hill Street, El Hombre de los Seis Millones de Dólares... . Y qué decir de esos éxitos juveniles de argumentos tan improbables como repetitivos, El Equipo A, El Coche Fantástico, El Trueno Azul o la que jamás vi repetida, El Halcón Callejero.
Se puede discutir mucho sobre su calidad, pero en general cualquiera superaba con los ojos cerrados a Xena la Princesa Guerrera o Buffy Cazavampiros. Incluso a nivel infantil no ha habido nada como El Cuentacuentos, Los Fraguel o cualquier serie de animación japonesa (para que luego digan de la violencia de Bola de Dragón, entonces veíamos las peleas con litros de hemoglobina de El Rey Arturo, los siniestros enemigos de Ulises 31 o al Capitán Harlock achicharrando fantamas estelares sin pestañear).
Por eso me alegro de que ahora se ponga en horario de máxima audiencia, o al menos en algún horario, desde documentales hasta series históricas (Roma es de lo mejor que he visto en mucho tiempo, algunos la comparan con Yo, Claudio), pasando por animación de calidad como Ghost in the Shell o Cowboy Bebop. No sé cual es el motivo de fondo, puede que el nacimiento del canal Cuatro tenga algo que ver con eso, porque un poco de competencia nunca viene mal.
Lo dicho, que tendré que comprarme uno de esos videos con disco duro y grabar la mitad de la programación. Y lo programaré para que se salte todo aquello que no esté doblado, sean series de producción nacional sobre vecinos de bloque, hospitales, policías o familias, concursos, galas o incluso informativos. A eso si que tendrían que ponerle una etiqueta de "Puede herir la sensibilidad del espectador".
servido por nocheenlaciudad
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1 Noviembre 2005
Si hay un término que ha perdido valor y se usa para todo hoy en día en televisión, aparte de "libertad de expresión", ese es "periodismo de investigación". Todo vale cuando te dan un púlpito, o en su defecto, un programa prime-time, y tienes en tus manos las etiquetas para administrarlas como te apetezca. De repente el peor de los montajes es un reportaje, y los secuaces de la cámara oculta, arriesgados profesionales que realizan una labor ¿informativa?
Dejemos a un lado el sector del corazón, que merece por méritos propios el título a la mayor creatividad, al titular sacado de la nada y a la provocación gratuita. En el medio televisivo campan a sus anchas personajes como Mercedes Milá, Teresa Viejo o cualquiera de las "reinas de la tarde" o de la mañana que fomentan el uso de los peores recursos para conseguir supuestas "exclusivas". Y lo peor es que se haga con el periodismo como bandera.
Ya ha pasado la época en la que el periodista debía informar de lo que ocurría, ahora si no hay una buena historia nadie se sonroja si hay que provocarla o darle un empujoncito a la situación para que haya algo de lo que informar. Hay quien podrá decir que esto lleva ocurriendo desde la guerra de Cuba, pero ya entonces era algo a rechazar de plano en la profesión.
Las dos últimas "investigaciones" para la pantalla pequeña que he visto ha sido una dedicada a la pederastia en internet y otra al consumo de drogas entre menores y no tan menores en bares, discotecas, etc. En las dos se usaba un recurso tan distorsionador como peligroso: el gancho. No muestra la realidad tal y como es, pero da unos resultados muy espectaculares. Poniendo un cebo uno se evita tener que ir a buscar la noticia, porque la lleva consigo, por así decirlo, y "hace que salte" cuando sea más oportuno.
Los temas elegidos tampoco son al azar, la polémica tiene unos cuantos ingredientes básicos, que si se puede se usan todos a la vez: drogas, violencia, sexo, niños, en la combinación que más índice de audiencia pueda dar. Política interesa tangencialmente, quizá porque se removerían demasiadas piedras y se les echarían al cuello con rapidez. Es mejor apelar a las vísceras que a la cabeza.
Y el aliño de esta ensalada de morbo debe ser una buena presentación sensacionalista, olvidándose de la objetividad, regodeándose en los detalles, buscando la truculencia y la lágrima o el espanto fácil. Y cuando este producto manufacturado para el telespectador esté en su punto, sólo hay que ponerle los sellos: "verdad", "realidad", "periodismo".
Espero que estén orgullosos.
servido por nocheenlaciudad
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24 Octubre 2005
¿Existe otra serie hecha enteramente con marionetas? Trato de recordar alguna parecida y no lo consigo, pero de todas formas, aunque exista no llegará al nivel de locura pulp de "The Thunderbirds", que me tuvo enganchado frente al televisor de niño (y no tan niño). Fue otro de esos regalos que me hizo la televisión autonómica, junto con "Star Trek", "La Víbora Negra" o "The Quantum Leap".
El argumento de "The Thunderbirds" tenía menos complicaciones que un mecanismo de rosca: un grupo de pilotos a bordo de sus increíbles máquinas, que surgían de bases secretas, trataban de llevar a cabo misiones de rescate por todo el mundo sin ser descubiertos y sin que el malvado Hood les arruinase el día. Nada especial si no fuese porque todos los actores eran de papel cartón y estaban sujetos por hilos, y sus "naves" eran maquetas también movidas de forma rudimentaria simulando que volaban, rodaban o se sumergían.
Lo entrañable de la serie era esa impresión intermedia de no ser ni dibujo animado ni de carne y hueso, entre la ficción absoluta y la realidad. Aunque internamente supieses que nada de aquello existía, de alguna forma "estaba ahí". Por si fuera poco las caras tenían tanta personalidad y la intepretación era a veces tan graciosa (sobre todo cuando aparecía Brains o el mayordomo) que te olvidabas de cualquier defecto por evidente que fuese, como sus movimientos rígidos o su andar renqueante.
Recuerdo la emoción del lanzamiento de los Thunderbird, cada uno diferente y cómo las marionetas se colocaban en su lugar para enfundarse en uniformes azules de aviador. Era extraño porque en todos los episodios se producía de la misma forma, seguramente incluso estaría grabado, pero la sensación estaba ahí. Incluso tenía una nave favorita, el carguero verde con forma de ballena que dejaba caer una especie de contenedor al agua. Creo que luego de él surgía un submarino, y puede que en tierra fuese un tanque o algo parecido, ya no lo recuerdo bien.
El año pasado, en un ejemplo de que se puede intentar sacar dinero hasta de las piedras, a alguien en un estudio de Hollywood se le ocurrió hacer una versión ¡con personajes reales! Me pareció tan ridículo que al principio no lo creí, pero ahí estaba, con Ben Kingsley como The Hood, y Bill Paxton como Jeff Tracy. Para colmo también el mismo año se estrenó "Team America", que usaba la antigua técnica de los Thunderbirds y marionetas muy similares para hacer una parodia de la guerra contra el terrorismo de George Bush. Un buen intento, pero evidentemente no es lo mismo.
Es una pena que a todo el mundo le haya dado por revisitar los clásicos del cine, la televisión o los cómics, por muy undergrounds que sean, de la peor forma posible. Va a ser un rollo en un futuro tener que aclarar constantemente: "de pequeño me gustaban los Thunderbirds (o Hulk, o King Kong), pero no, esos no, los originales". Y sospecho que lo voy a tener que hacer con todo.
servido por nocheenlaciudad
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